Son el grupo de rock del momento. Y quien suscribe sospecha que no hemos visto más que una pequeña muestra de lo que son capaces de ofrecer. En la época de la hegemonía de los ritmos latinos, Ultraligera pertenece a una nueva generación de bandas españolas de rock que llenan grandes recintos y atraen a un público de distintas edades y estratos sociales. El año pasado hicieron la machada de colmar siete veces la madrileña sala La Riviera, y eso con un único disco de estudio en el mercado, un dato que habla de su autoridad. Otro: en solo un año han cuadruplicado sus oyentes mensuales en Spotify (se acercan a los 900.000). Su segundo disco de creación llevará por título «Lapsus» y sus seguidores ya disfrutan de tres sencillos –el próximo viernes lanzarán el cuarto– que aúnan un sonido poderoso, que busca la distinción, y unos textos que –por fin– están bien escritos. Gisme (cantante), Coque (guitarra), Santi (bajo) y Martín (batería) dan su versión de lo que es para ellos el éxito: «No se trata de cantidad de gente –arranca Gisme–, sino de hacer lo que nos dé la gana y tener un espacio cada vez mayor para poder desenvolvernos como no nos habían dejado hacerlo a través de la educación que recibimos, del propio colegio: nos sentíamos chavales muy creativos y trataron de cortar esas alas y esa libertad, que es la herramienta más valiosa que tiene un niño. Y como no la mataron del todo, esta se ha revolucionado y ahora estamos tratando de imponer nuestra ley contra ese mundo de los adultos. Una ley en absoluto agresiva, al revés, está llena de amor. Es creer en esa creatividad y decir: okey, vuestra industria nos la suda y con un espíritu independiente, y sin hacer caso de nada de lo que nos digáis, vamos a crear una banda grande. Y eso, hacer las cosas a nuestra manera, ha permitido que un montón de gente se fuera acercando». Pero ¿qué cambios han notado desde que empezaron hasta alcanzar este momento tan dulce? «Ahora somos más maduros, claro –señala Coque–, con más tablas y mejores técnicamente. Porque una vez que vimos que la cosa iba en serio nos pusimos a estudiar y a trabajar muy duro. Pero, quitando eso, te juro que no notamos grandes cambios. Nuestro deseo de hacer arte, canciones, sigue intacto. No tenemos otros objetivos que esos».
No ocultan su alegría por las nuevas canciones, rock químicamente puro: «Nuestro anterior disco tuvo una producción un poco más pop –explica Coque–. Y en este hay mucha más potencia en las baterías y en las guitarras, los sonidos son más crudos, hay amplificadores con más distorsión, más efectos en la voz… Hemos tenido más tiempo para grabar, y se nota», y lo defienden con una seguridad rotunda, sin falsa modestia: «En España no se ha hecho nada así –afirma Gisme–. Y estamos jugando también con el límite de la peña, porque todo el mundo dice que el rock en castellano ha muerto. Muchas veces los responsables de que algo se muera son los que lo hacen, por no confiar en la gente. Y nosotros tenemos una confianza plena en la gente y vamos a buscar su límite, a ver cuánto rock son capaces de tolerar».
Hablamos de los excesos asociados históricamente al rock y ellos elaboran una teoría que pasa por sus propias experiencias: «Cuando empezamos teníamos 23 años y había una locura colectiva –dice Gisme–, pero ahora valoras la vida desde otro punto porque nuestra filosofía interna ha evolucionado. Antes nos comíamos lo de sexo, drogas y rock and roll al toque y ahora lo vas valorando y dices: de este eslogan hay cosas que no compro, aunque entiendo que funcionaran y que fueran absolutamente necesarias en los años 50, 60, 70 y, de alguna manera, hasta los 90. Pero a partir de los 2000 el rock viene a ser otra cosa». Le digo que no pueden negar que aquel fue un eslogan brillantísimo: «Como eslogan ha funcionado de la hostia, sí –continúa Gisme–, y te digo que lo compramos, pero lo readaptamos. Quitamos lo del sexo a lo loco, por ejemplo. Cuando hablamos de “me he quitado del sexo sin amor” no quiere decir que me haya impuesto un celibato o una monogamia, es solo que no eres menos gamberro por hacer las cosas con amor. Si tienes una relación de una noche tiene que haber responsabilidad emocional aunque no te impliques para toda la vida. Y ya no droga, sino medicina. Es decir, la droga ha formado parte de todas las culturas primigenias y sabias unidas con la naturaleza. ¿Para qué te vas a meter cocaína como un loco? Basta con preguntarte si hay drogas muchísimo más interesantes que realmente te ofrecen perspectiva, creatividad y, sobre todo, que te sacian. La saciedad es lo que se busca. El rock clásico –prosigue– nunca encontraba la saciedad, incluso se buscaba un placer oral a través de eso. Mira el logo de los Rolling Stones: esa es para mí la definición del rock, una boca con la lengua afuera tratando de palpar todo lo que pueda. Esa realidad moló durante una época, pero creemos que las cosas se pueden cambiar y hacer música porque te gusta y drogarte porque te gusta y porque te sacia, pero no a lo loco y siempre y todo el rato». O sea, les digo, que la manera que tienen de reescribir ese eslogan sería: sexo sí, pero mejor; drogas sí, pero mejor: medicina. Más calidad, en fin. Y rock and roll todo el del mundo: «Así es –responde Coque y asiente el resto–. Eso está muy bien».
¡Saltamos al asunto de la libertad de expresión en el arte y Gisme introduce algo interesante: «Los artistas estamos todo el día diciendo que queremos más libertad de expresión. Y resulta que cuando la gente se toma la libertad de opinar lo que quiera sobre ti, ahí se acabó la libertad. Estás replicando el sistema». ¿Está haciendo una apología de las redes sociales? «Estoy haciendo una apología de las redes sociales –asiente– porque es lo que a nosotros nos ha permitido desligarnos de cualquier multinacional. El artista no tenía ninguna libertad. Si quería hacer promoción tenía que venderlo todo, sus porcentajes, sus decisiones, todo, porque tenía que salir en unas televisiones y tocar en unos recintos que estaban mediatizados y de los cuales tenía el poder la clase política, que estaba a su vez ligada a las multinacionales. ¿Qué es lo que ha dado el poder al pueblo? Las redes sociales. Nosotros nos podemos comunicar con nuestro público de una manera muchísimo más directa de lo que nunca se pudo hacer». Y no sacan de ellas ni siquiera a los trolls: «No, no, mejor con ellos –afirma Gisme–. Porque son los que las hacen grandes. Debe haber libertad de expresión hasta para el exabrupto y el disparate, sí, y más en una sociedad que cada vez da menos pie a la emoción», concluye.
Por Javier Menéndez Flores
Llega el lapsus igual que un trueno, como si estallase un obús en la cabeza, y no hay modo de evitar el sinsabor del gatillazo. Pero si logras aislar el mosqueo verás que tienes a tu alcance la oportunidad de la rectificación y la mejora. Basta con mirarte al espejo con los ojos inmisericordes de otro, se haga eso como diablos se haga, activar el resorte amargo de la autocrítica y admitir el error. Y estos cuatro magníficos han llenado unas cuantas papeleras antes de concluir que no es posible afilar más unas canciones que han nacido entre conciertos, besos y la pérdida definitiva de la inocencia. El rock, cuando contemplabais los miuras sin pisar la arena, era una inyección tras otra de placeres diversos y un modo de escapar del mundo inadmisible de esos extraterrestres con un punto de gilipollas llamados adultos. Pero ahora, cuando aquella fantasía se ha vuelto una realidad desbordante, sabéis que es ante todo decir no cuando deseáis hacerlo y entrar en los otros con la fuerza de un antídoto gracias a unas emociones que, por más que lleven vuestra firma, son las que cualquier hijo de madre ha sentido una vez o cientos.
Fue antes de ayer cuando le imprimíais vuestra impronta a temas de Chuck Berry en garitos infames y los cien pavos que os pagaban os parecían una fortuna, puesto que lo habríais hecho gratis. Hoy, la música que parís os permite celebrar un cumpleaños con una veintena de amigos; llevar a cenar a mamá a uno de esos restaurantes en los que no hay por qué sufrir las sonrojantes conversaciones de los otros clientes; sufragar un viaje con alguien querido sin tener que pedirle un préstamo a Lucifer o a cualquiera de sus secuaces. Pero en esencia nada ha cambiado, ya que seguís en esta fiesta imposible que es el rock por estricto amor al arte.
Él éxito es sentirse pleno en la propia piel y notar cómo los planes se van cumpliendo a pesar de algunas pértigas en las ruedas. Es saber que no hay hogar mejor que el de la furgoneta que os lleva al siguiente bolo y a esa habitación de hotel en donde el reloj de arena comienza su cuenta atrás y la sangre empieza a bullir. El triunfo de verdad es encontrar el adjetivo exacto y ese riff ante el que es imposible no saltar. No es la falaz foto de Instagram, no, es el abrazo de un bosque.
Gisme habla como el sumo sacerdote de una religión cuyos dioses están dentro de uno, pero cuando trepa por la estructura del escenario no dista gran cosa del simio de Kubrick. Y Coque tiene en sus dedos el calambre mágico de Keith Richards y fuera de su guitarra, que es su isla desierta y su templo, solo percibe desvarío y tinieblas. Martín ha dejado de sentir los brazos y las piernas, aunque eso no le impide sacar de sí un coro de lamentos broncos. Y Santi ejecuta su papel de lanza y es un póster que representa la condición de grave desde los pies hasta la cabeza. Ese, en fin, vendría a ser el evangelio del espectáculo del rock según Ultraligera. Pasen y disfruten.
¿Cuántas canciones, cuántas novelas, cuántas películas caben en un solo cuerpo? Lo que es seguro es que nada te va a dar tanto como esa fuente de conocimiento y disfrute. Y así pasa que cada vez que un adolescente desdeña el teléfono y echa mano de un libro la vida se vuelve una promesa de libertad y ese paraíso que creíamos en ruinas se ilumina como un estadio de fútbol.
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Author: Javier Menéndez Flores
15 junio, 2026