Han pasado 60 años desde la publicación del «Pet Sounds» de los Beach Boys y seguirán transcurriendo las décadas sin castigar jamás ese aura de divinidad que lo acompañó desde el mismo momento de su publicación. Aquel disco dejó atónitos a todos y cambió para siempre las reglas del pop. Nada volvió a ser igual y llevó la música contemporánea a una nueva dimensión, ya dentro de la categoría de arte. Ya lo dijo Paul MacCartney: «Sin aquello no habría existido el Sgt. Pepper’s». Es decir, todo cambió… Seis décadas de «Pet Sounds». Toda una celebración. Y para ello, Capitol ha puesto a la venta diversas ediciones conmemorativas. «The Pet Sounds Sessions Highlights», disponible en doble CD y vinilo, contiene una selección de la caja «The Pet Sounds Sessions» de 1997. «Vinylphyle Edition» son dos elepés con el álbum original, uno en mono y otro en estéreo. Por su parte, «Definitive Sound Series Edition» propone una mezcla poco conocida de 1972 en edición limitada y numerada, mientras «Zoetrope» es el álbum original en vinilo coloreado.
«Brian es un genio viviente de la música pop. Al igual que los Beatles, impulsó las fronteras de la música popular», diría George Martin, el productor de Beatles. Hablaba de Brian Wilson, fallecido el 11 de junio del pasado año, cuando la naturaleza acortó los plazos de una mente torturada durante tantísimos años. Él fue, efectivamente, el cerebro de «Pet Sounds». Aunque quizá el de visión sea un término más adecuado. No es habitual escuchar a los genios de la música hablar en términos elogiosos de sus obras maestras. Lo normal es que se refieran a ellas con desdén, como si tanto halago recibido a lo largo de los años hubiera generado una capa de asco en las valoraciones de su legado. Sin embargo, antes de morir, Brian Wilson aseguraba que se seguía muy orgulloso del logro de «Pet Sounds». «Claro que sí, ¿quién no lo estaría?», cuestionó.
Según del gran cerebro de los Beach Boys, el grupo ya había dado sus primeros pasos hacia una música bastante sofisticada con el álbum «Today!», de 1965, cuya segunda cara incluía una suite de baladas con arreglos enormemente complejos. «No recuerdo las sesiones, pero sí recuerdo que nos lo pasamos muy bien», diría sobre aquel trabajo para el que se contó con la participación de numerosos músicos para hacer realidad sus grandiosos sueños sinfónicos.
Sin embargo, Brian Wilson nunca tenía suficiente de nada antes de llegar al exceso. Y «Pet Sounds» fue la cima sin lugar a duda. La caricatura mostraría a una especie de profesor chiflado deteriorado por las drogas dando órdenes (literalmente) hasta el paroxismo. Así se escucha en la caja recopilatoria «Pet Sounds Sessions», pero hace 60 años era una época en la que no era fácil ejecutar los sonidos que había en una cabeza prodigiosa. Él tenía el control absoluto de su sinfonía y la explicaba como podía. «Solía llamarlo el Stalin del estudio», reiría Mike Love, primo de Brian Wilson y la voz de muchos de los éxitos de los Beach Boys. «Tenía el control absoluto hasta Pet Sounds y Smile. Después de eso, la influencia del LSD lo volvió retraído, casi un ermitaño», añadiría con melancolía. La explosiva «Wouldn’t It Be Nice» abre «Pet Sounds», aunque sería «Sloop John B», la última canción de la cara A, la primera en completarse. Aquí aparece en toda su extensión el desmesurado talento de Brian Wilson, cómo toma una vieja canción folk para sacarle toda la melodía y embadurnar de sinfonía una hermosa canción sobre el amor, la esperanza, el arrepentimiento y el adiós.
Los demás Beach Boys apenas contribuirían instrumentalmente al álbum, pero sus armonías vocales serían impresionantes. Está la hipnótica «You Still Believe In Me» y luego la impresionante secuencia de acordes de «Don’t Talk (Put Your Head On My Shoulder)», que hizo llorar a Marilyn, la entonces esposa de Brian Wilson. Además, «I Know There’s An Answer» iba a llamarse «Hang On To Yo0ur Ego», pero fue Love quien la consideró demasiado extraña y psicodélica e insistió en rebautizarla como «I Just Wasn’t Made For These Times», un título perfecto para su mensaje de alienación.
El disco también contenía dos instrumentales: «Let’s Go Away For A While», que hacía un guiño a Burt Bacharach, un favorito de Wilson, y la composición que da título al álbum, que se barajó brevemente como tema para una película de James Bond con el título «Run James Run». Y estaba «Caroline, No», una canción profundamente autobiográfica –la única del álbum con letra escrita por Brian– llena de recuerdos, una chica y un pasado que jamás podría recuperar.
Pero la gran joya de la corona era «God Only Knows», una de esas canciones que justifican la entrada del pop en la categoría de arte superior. No se puede ir más lejos en la música contemporánea. Ni antes ni ahora. Brian Wilson la citaba como la canción que le hizo comprender entonces que «Pet Sounds iba a ser especial». No fue el único que pensó que era un tema excepcional. «Paul McCartney dijo que le parecía la mejor canción jamás escrita», comentaría más tarde visiblemente emocionado.
El genio recordaba haber escuchado el «Rubber Soul» de los Beatles y el trabajo del productor Phil Spector antes de la grabación, así como a Burt Bacharach. Los primeros le darían el impulso para crear un álbum coherente en su conjunto, el segundo le enseñaría todo lo necesario para construir el grandioso muro de sonido y el tercero lo animaría a explorar direcciones barrocas e intrincadas sin perder su identidad pop. Cuando le preguntaron si se sintió intimidado por todos los violinistas, saxofonistas, violonchelistas y demás músicos que tenía delante en el estudio, dijo con una sonrisa nerviosa: «Fue emocionante y aterrador a la vez».
¿Era consciente entonces del impacto que tendría «Pet Sounds» en en la escena del pop y el rock? «En aquel momento no, pero después me di cuenta de la gran influencia que tuvo en otros músicos». ¿Y fueron sus experimentos con drogas psicodélicas decisivos para crear? «Bueno, me enseñaron a hacer mejor música», respondería con travieso brillo en los ojos. Y una curiosidad más sobre el álbum. En aquellos días, Brian Wilson estaba particularmente hechizado con un tratado filosófico de Arthur Koestler titulado «El acto de la creación». También fue crucial. Koestler escribía: «La gloria de la ciencia no estriba en una verdad más absoluta que la verdad de Bach o Tolstoi, sino que está en el acto de la creación misma. Con sus descubrimientos, el hombre de ciencia impone su propio orden al caos, de la misma forma que el compositor o el pintor impone el suyo: un orden que siempre se refiere a aspectos limitados de la realidad y se basa en el marco de referencias del observador, marco que difiere de un periodo a otro, así como un desnudo de Rembrandt difiere de un desnudo de Manet». ¿Qué aprendió Brian Wilson de él? «Aprendí que el humor es más importante para una persona que el arte o la ciencia».
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Author: Alberto Bravo
21 junio, 2026