La noche infinita de Syd Barret

Sucede siempre con las vidas que concluyen en tragedia. Todos los hechos anteriores al desenlace en la biografía de los ángeles caídos se interpretan como si fueran peldaños de una escalera que conduce inevitablemente a la desgracia. Parece como si nunca hubieran sido otra cosa que un suicida en potencia, que nunca hubieran sido antes geniales ni felices. Su historia es interpretada retrospectivamente a la luz del momento más oscuro. Así le ha sucedido a Syd Barret (Cambridge,1946 – 2006), genio compositor y fundador de Pink Floyd, que padeció una de las más tristes decadencias de la historia de la música. De su muerte se cumplen 20 años el próximo martes.

No era muy buen estudiante. Cumplía sin destacar en ningún área, pero atesoraba un tremendo talento artístico. Dibujaba compulsivamente, parecía que necesitaba sacar de su cabeza una idea tras otra, enlazadas como una cadena de clips saliendo de un cajón de sastre. Le bautizaron Syd en la escuela por llevar siempre gorra proletaria, pero, al contrario que Roger Waters, su futuro compañero en la banda, no se mojaba en asuntos políticos. Sus amistades eran del círculo intelectual de Cambridge, jóvenes hijos del progresismo, a veces, incluso menos radicales que sus padres. Todos eran excéntricos, bohemios, brillantes en modos distintos. Syd era guapo, estiloso, y sus padres, estupendos. Pinta sin parar. Ionesco y Jack Kerouac, John Cage y Robert Rauschenberg, Bob Dylan y Chuck Berry: le influye un menú omnímodo de referencias. Cambridge fue el lugar de Reino Unido donde primero llegó el LSD directamente del alijo de Tomothy Leary, y a Syd le gusta, pero no le provoca un cambio de personalidad ni creatividad. Aunque tarda un milenio en aprender a tocar la guitarra, forma su primera banda, Pink Floyd: ninguno de sus miembros consume ácido salvo él. Prefieren el alcohol.

En aquellos tiempos hay un desquicie colectivo con el ácido lisérgico. Algunos se acercan al abismo, otros lo toman como trampolín de una nueva era espiritual: sacan billetes para un «ashram» en la India. A Syd le habría encantado, pero le rechazan. Pink Floyd se convierten en los reyes del underground. Sus actuaciones en el UFO, algo caóticas y ruidosas, la iluminación en escena, su forma de tocar… toda la contracultura británica les adora. Pero en el circuito comercial los miran con desdén: no saben tocar el blues, son bastante chapuceros y el público no avisado termina interactuando con ellos a base de lluvia de objetos. Syd era el ejemplo de art-rocker: sus letras, brillantes, beben de Lewis Carroll. Ficharon por EMI cuando los tabloides llevaban a cabo su cruzada contra las drogas. «News of The World» señaló públicamente a los Rolling Stones, Cream o Jimi Hendrix y, en su tercera entrega de esta diatriba moralista, a Pink Floyd. EMI tuvo que pedir perdón, aunque el grupo no había hecho nada. Se les acusaba de «incitar al consumo de drogas» sin pruebas.

Mientras Syd creía en la disolución del ego y lo buscaba, Roger Waters no quería liberarse en absoluto de Roger Waters: quería fama y fortuna. Syd era trascendente y rechazaba los focos. Pink Floyd eran exactamente el espíritu de Syd como prueba «The Piper at the Gates of Dawn», el primer disco del grupo, una verdadera salvajada lírica y musical. Una obra maestra que llevó la experimentación del «underground» al número seis de las listas de ventas. Todo gracias al instinto de Syd para combinar lo popular y lo vanguardista. «Iterestellar Overdrive», por ejemplo, es una canción que no solo ha envejecido bien, es que estaría de moda si se escribiese hoy.

Sin embargo, Syd no estaba listo para lo que vendría. Apariciones en «Top of The pops», giras estajanovistas, conversaciones sobre negocios, entrevistas con la prensa. Syd cayó bajo el desfavorable resplandor de los focos de la industria musical y acabó marchitándose a la vista de todos. Todo se precipitó en la desastrosa gira de 1967 por Estados Unidos, en la que nada salió bien. Syd adoptó una conducta pasiva, desganada. Una noche se puso a tocar un silbato de árbitro en el escenario. Desafinó su guitarra como había hecho muchas veces anteriormente en el UFO, pero esta vez fue percibido como un síntoma de locura. Sin embargo, cumplió: se prestó a realizar «playbacks», a contestar preguntas estúpidas en televisión y a cumplir con una agenda demencial de actuaciones ante un público que no entendía nada, como demuestra la grabación de su paso por el Dick Clarck’s Bandstand que puede verse en YouTube, donde aparece igual de desconcertado que sus compañeros. Sin embargo, para cierto relato de su vida, en este momento cronológico ya había «sucumbido a la demencia» y no era «funcional». Sí que lo era, pero cada vez llevaba peor estas exigencias ridículas. A su regreso a Inglaterra se embarcaron en 16 noches seguidas (todas con programa doble) de gira por su país en un tour conjunto con 6 bandas, entre ellas, Jimi Hendrix.

 

La revolución del «no juzgar»

El declive físico de Syd era evidente. Las ojeras, el comportamiento errático –a veces agresivo, otras solo huraño–, le estaban creando fama de antisocial y apático. Los alucinógenos que se administraba como autofármaco no ayudaban, desde luego, pero la mentalidad de la época estaba presidida por «no juzgar». Syd se machacaba el cerebro y nadie hacía nada al respecto: eran los años psicodélicos y su rutina en Cromwell Road consistía en sórdidas andanzas con los estupefacientes. La anulación del ego y la suspensión de lo racional habían dejado de ser ideales liberadores para convertirse en el retrato de la autodestrucción. Sin embargo, frente al discurso habitual de que se estaba convirtiendo en «El hombre vegetal» (título de uno de sus temas de la época), Syd seguía siendo perfectamente funcional. Tocó 137 veces aquel año con un nivel de intensidad brutal, salvo excepciones, incluso después de haber, aparentemente, desvariado en el escenario y ante la TV americana. En una docena de veces después de aquello apareció ante las cámaras en Reino Unido. Como recoge Ron Chapman en «El brillo de la ausencia» (Global Rhythm) Incluso grabó «See Emily Play», una de sus mejores canciones. Sin embargo, su fama de perdido ya era una losa y, a finales de1967, el manager de la banda, Peter Jenner, ofreció a David Gilmour el puesto de Syd en la banda. A principios del año nuevo se «olvidaron» de recoger a Syd para una actuación. El 6 de abril se comunicó su despido.

Fue una acción «muy a la inglesa», evitando hablar con claridad de lo que ocurre, dejando que el tema se resolviera solo. Syd se había convertido en un obstáculo para el éxito comercial y le dejaron de lado. Disolvieron la sociedad en la que él constaba como parte de Pink Floyd y crearon una nueva. Jenner, hábilmente, se hizo cargo de su carrera en solitario y, solo un mes después de su despido oficial, abrió las puertas de Abbey Road para que Syd grabase su primer álbum en solitario. Registró seis temas de estilos deslavazados y acento en lo literario que no logró terminar hasta dos años después, en «The Madcap Laughs». Esa producción parecía hablar de un músico dispuesto, pero el primer año de Syd Barret fuera de Pink Floyd lo pasó en el limbo. Se hizo amigo de Spike Hawkins, un poeta beat tan loco como él con quien consumía Mandrax –un sedante hipnótico– y después se mudó con Duggie Fields, un artista que vivía en una pocilga de drogatas. Syd se perdió, pero, de alguna manera que nadie sabe explicar, volvió a emerger y pidió que le dejasen grabar el que sería su primer disco. Nadie creía en él, pero Roger Waters y David Gilmour se prestaron a ayudarle con ello. El disco quedó algo chapucero, pero era una muestra del nuevo talento de Syd: la escritura como un Scrabble intergaláctico, en el que lo importante era la descomposición del léxico. Su manera de escribir, ese humor profundamente triste, era inimitable.

Aquel ábum tuvo unas ventas modestas, pero suficientes para que EMI le pidiera otro. «Barret» se grabó en 15 sesiones en 1970 gracias, en buena parte, a David Gilmour, con quien Syd mantuvo una estrecha amistad a pesar de que fue el elegido para sustituirle en Pink Floyd. Seguían viéndose y pasando el rato y se convirtió en su padrino en el estudio. Era el único capaz de sacar lo mejor de Syd, le admiraba profundamente. Sin embargo, en este álbum se perciben los síntomas de agotamiento del pobre Syd. Su voz y sus letras suenan flácidas, envueltas en una niebla de Mandrax. Suena banal y simplón, como hundiéndose en la arena. Sus grietas psicológicas son cada vez mayores y está perdiendo la batalla por agarrarse a la razón. Syd pasaba las horas y los días en el vacío. Mirando al infinito, tumbado en la cama, incapaz de tomar decisiones. Solo tenía 24 años pero vivía en una irreversible y permanente huida hacia adentro, un desvanecimiento voluntario. En su único concierto de presentación abandonó el escenario abruptamente y dejó a los músicos colgados. Se casó a finales de 1970. Durante el banquete, después de tirar la sopa de tomate sobre su recién proclamada esposa, desapareció un rato en el baño. Cuando volvió, se había rapado la cabellera. Aunque hubo un nuevo intento de grabación –desastroso–, Syd fue incapaz de hacer nada coherente y, en la tercera sesión, salió por la puerta y desapareció.

Se encerró en su casa de Chelsea, corrió las cortinas y se sumergió en una noche larguísima. En ese momento, comenzaron a dispararse las falacias sobre las supuestas locuras que había cometido. Leyendas urbanas en piezas de «NME»: que si a Syd le echaban ácido en la comida, que si invadió una pista de despegue de un aeropuerto para parar un avión como si se tratase de un taxi… todas infundadas. La visión del majareta resultaba conveniente, una vez terminada la revolución hippy y conocidos los riesgos de la química.

La historia no estaría completa si no hablamos de la coda final, la famosa aparición de Syd Barret en los estudios de Abbey Road, cuando Pink Floyd grababan “Wish You Were Here”, el trabajo que hablaba de la quiebra del cristal de la conciencia de su antiguo líder. Aquella aparición está rodeada de un misterio ya irresoluble. ¿Por qué apareció? ¿Quería escuchar lo que supuestamente decían de él en ese trabajo? ¿Era para despedirse? Sea como fuere, el epíteto de “crazy diamond” quedó para siempre añadido a su nombre. La canción, por cierto, es “muy Roger Waters”: ampulosa y épica, justo lo que Syd nunca fue. Aquella aparición también supuso un punto y aparte. La vida de Syd, a partir de ese momento, se vuelve muy deprimente. Su encierro se agudiza y liquidó el personaje que había sido. Hasta dejó de responder por el alias que recibió de niño. Dejó de responder a todo y a todos, en realidad. De los siguientes seis o siete años no se sabe nada. Se encerró, guardó silencio. Y eso solo hizo acrecentar los mitos, que comenzaron a construirse en retrospectiva sobre el espacio en blanco que Syd había dejado. El futuro de Pink Floyd también lanza un mensaje sobre la vida y las razones de su primer líder. Rick Wright, otro hombre sensible, fue arrinconado y degradado en la banda a la categoría de músico a sueldo. Después, Roger Waters decidió acabar con la banda para darse cuenta, demasiado tarde, que la marca Pink Floyd era mucho más importante que cualquier carrera en solitario. De las amargas desavenencias que llegaron detrás no tenemos espacio para recapitularlas aquí.

Un día de 1982, Syd se fue de Londres caminando. Llegó hasta Cambridge, a la casa de su madre. Ahí comenzó su final amargo. Podría haber sido un genio, un ídolo, pero el peso de lo externo -las expectativas y el negocio-, le quebraron. Un pesado cortinaje, oscuro como la noche, se cernió sobre él. Se sumió en una desesperación solitaria y silenciosa.


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Author: Ulises, Fuente

5 julio, 2026