Billy Corgan y el experimento sinfónico de The Smashing Pumpkins

Increíblemente, el tosco Palacio de Vistalegre se transmutó en el Teatro Real. Un silencio sepulcral precedía los acordes de piano de “Tonight, tonight”, la pieza que abre “The Maellon Collie And The Infinite Sadness” el disco de The Smashing Pumpkins al que su líder, Billy Corgan, rendía homenaje en formato de orquesta sinfónica anoche en Madrid por su trigésimo aniversario. Los violines sonaban límpidos y la coloratura (como dirían los críticos de clásica de este periódico) era perfecta, sea lo que sea que eso signifique. El caso es que los 56 miembros de la orquesta sinfónica Mad4Strings rendían homenaje al exitoso disco de la banda. Y nosotros estábamos preparados para entrar en una dulce pesadilla.

La orquesta sonaba celestial a los oídos de una panda de profanos educados en el rock, incluso en un recinto que podía inspirar dudas por sus dudosas cualidades acústicas. El público tenía ganas de probar a qué saben aquellos temas interpretados por el Coro Filarmonía integrado por 40 voces y por varias sopranos y tenores solistas. Ascendíamos por una enorme potencia sonora de semejante conjunto de instrumentistas, apenas sin amplificar, por los derroteros de un disco conceptual y tremendamente emocional. En la grada, un público eminentemente rockero aceptaba el envite y se implicaba hasta el final: incluso se mandaban callar en las gradas y las toses se sincronizaban cuando menos molestia provocaban, entre temas, como sucede en los auditorios.

La orquesta sonaba magnífica y los visuales acompañaban el viaje de la vida a la muerte, de la ciudad y la espiritualidad. Los primeros compases resultaban desafiantes y hermosos. Las voces líricas recargaban el ambiente, pero el resultado generaba algunas dudas. ¿Era este experimento sinfónico una forma de darse pábulo, de engrandecer unas canciones con esteroides académicos? No lo creemos. Mas bien parecía un juego divertid, un experimento ya ensayado antes con infinidad de artistas de pop, pero no por ello menos válido. Un divertimento que tratase de responder a la pregunta: ¿cuánta distancia hay entre la llamada música culta y la popular? ¿Hay verdaderamente un genio, una aspiración inalcanzable en la clásica o es solo una cuestión de actitud y aparato? ¿Puede un disco de rock con la suficiente ambición medirse con las grandes óperas antiguas? Era una buena ocasión para comprobarlo. Y eso lo hacía interesante.

Y entonces, en el quinto tema, para “Thirty- Three”, apareció Billy Corgan con su voz nasal y antiacadémica, pero mucho más cargada de sentimientos que las florituras líricas de su predecesores en el escenario. Si tenemos que elegir, entre el artificio de la lírica y la normalidad imperfecta y angustiada de Corgan, tomaríamos partido sin dudarlo por lo segundo. Bueno, quizá no haga falta hacerlo, como si esto fuera un falso debate, pero la respuesta de la audiencia, de 3.500 personas en el Palacio de Vistalegre, era evidente.

La hermosura del pop, lo que lo vuelve gigante, es la intimidad. El hecho de cantar con diez mil watios de potencia pequeñas desgracias personales. Cualquiera puede identificarse con eso, sentir que hablan de uno mismo. Pero cuando las voces se tornan ampulosas y artificiales, forma y fondo entran en conflicto, el mensaje se pierde por completo. Lo que era una pesadilla en una resaca infinita se convierte en una demostración de florituras de conservatorio. No es que no fuera hermoso escuchar esas melodías o que la orquesta y el coro no fueran impresionantes. Es que la dicción hacía imposible entender algo de canciones cuyo público se sabía de memoria. Las canciones se volvieron irreconocibles. Se hacía mucho más evidente cuando la voz de Corgan, en las escasas apariciones que hizo en escena, devolvía las palabras a la tierra y las canciones a su casa.

La ambición del líder de The Smashing Pumpkins resulta digna de aplauso. El reto era mayúsculo, porque, en su intento, no quiso vestir las canciones de ropajes líricos sino transformarlas por completo, reescribirlas con un nuevo abecedario. Otra cosa es que el resultado sea el deseado. Por lo visto en la primera de sus dos noches en Madrid, las piezas no terminaban de encajar.


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Author: Ulises, Fuente

12 septiembre, 2026