En 1976, David Bowie tomó una drástica decisión: cansado de ser todos los personajes que él mismo había creado y lleno de piedras en la mochila, decidió trasladar el centro de su vida a Berlín Occidental. Se trataba de una ciudad en la que por aquel entonces aún quedaban ruinas y cicatrices. Una metáfora perfecta de lo que era su propia vida entonces. Solo quería redención y encontrar una nueva máscara que enterrara para siempre largos años de ego, esquizofrenia, brutalismo, paranoia, vanidad y cocaína. Se cumplen 50 años de la llamada «época berlinesa» de David Bowie, otra de sus cimas creativas surgida a través de la enésima reinvención de hombre y músico. Una época, sin embargo, angustiosa y enloquecida para él dentro de un escenario casi inconcluso, rodeado de hormigón, cierta decadencia y también esperanza al otro lado del muro. Pero primero fue la huida.
El británico llegó a la ciudad del muro huyendo de diversos problemas y uno de los más relevantes, sin duda, eran las drogas: más específicamente, la cocaína. Había vivido años que parecían casi una vida completa, incluido el nacimiento y muerte de Ziggy Stardust, y seguía inmerso en un febril proceso creativo. Entre junio y septiembre de 1975 rodó la película de ciencia ficción «El hombre que cayó a la Tierra» («The Man Who Fell to Earth»), de Nicolas Roeg, donde él tenía un papel de extraterrestre, y todavía había tenido tiempo de grabar en Los Ángeles su álbum «Station to Station». Además, entre febrero y mayo de de 1976 daría más de 60 conciertos por América y Europa, que también lo llevaría a Berlín.
Había colapsado. Quería encontrar algo de paz después de tanto estrés y, a finales del verano de 1976, viviría durante unas semanas en la Schwäbische Strasse, en el barrio de Berlín-Schöneberg, en casa de Edgar Froese, miembro de la banda Tangerine Dream. La que sería la futura vivienda de Bowie, un piso en la Hauptstrasse 155 en Schöneberg, aún no había terminado de reformarse. «Edgar y su mujer me ayudaron muchísimo cuando vivía en Berlín. Por aquel entonces estaba pasando por una etapa difícil, sentía un dolor enorme. Y ellos me apoyaron para dejar la cocaína. Fueron muy cariñosos conmigo», recordaría el antiguo Ziggy en una entrevista para el periódico alemán «Tagesspiegel». El comienzo de Bowie en Berlín fue de todo menos tranquilo. No podía serlo con Iggy Pop al lado, su compañero de piso. Discutían hasta por la comida en la nevera y hoy en día cuelga de la fachada del edificio una placa conmemorativa. Al principio, Bowie recayó. Paseaba por la ciudad dividida con Iggy, bebía café en Joe’s Beer House, se metía en bares de travestis y salía de fiesta por el Dschungel y el Unlimited.
Esta era una noche cualquiera con los dos protagonistas: Iggy iba de copiloto mientras Bowie embestía el coche de su camello una y otra vez durante cinco minutos de locura. Después, conducía a toda velocidad por el aparcamiento subterráneo del hotel, gritando por encima del chirrido de los neumáticos que quería «acabar con todo» estrellándose contra un muro de hormigón. Hasta que se quedaba sin gasolina y los dos amigos se desplomaban en el alquitrán riendo histéricos.
Camino de regresión
Para vencer a sus demonios, Bowie necesitaba espacio y estabilidad. Angie, su esposa de la que estaba separado, ya no se lo proporcionaba. Durante mucho tiempo, mantuvo a su hijo Zowie (más tarde Duncan Jones) lejos de él, en Londres o Suiza. Pero tenía a su asistente, Coco Schwab, la mujer que le había encontrado el modesto apartamento berlinés. La chica mandó pintar las paredes de blanco para convertirlo en una galería privada donde exhibir sus oscuras imágenes. Encargó lienzos en blanco y tubos de pintura al óleo. Leía a Nietzsche a su lado, bajo el retrato fluorescente que él había pintado del autor japonés Yukio Mishima. Sobre todo, lo acompañaba al Museo Brücke para contemplar las obras de Kirchner, Kollwitz y Heckel.
Y fue allí, en la capital de la reinvención y con Coco como ángel guardián, como David Bowie comenzó a alejarse de la psicosis inducida por la cocaína, encontrando la manera de dejar atrás su vida de excesos para reinventarse una vez más y volver a ser un hombre «normal». Había dado un largo paseo por el lado salvaje de la vida y ahora solo quería ser un tipo sencillo con ganas de salir a comprar el pan por la mañana y disfrutar de una tarde en el parque.
Muchas cosas comenzaron a cambiar en él. Vestía pantalones anchos y camisas básicas, y disfrutaba del desinterés de los berlineses. Nadie lo molestaba en la calle, a diferencia de lo que ocurría en el Los Ángeles, donde la fama lo deslumbraba y no le dejaba tranquilo. Una noche, por un capricho, subió al escenario de un cabaret para interpretar algunas canciones de Frank Sinatra. El público local se encogió de hombros y le pidió que bajara y no molestase porque habían ido a ver el espectáculo de un señor con bigote que cantaba piezas tradicionales con acordeón. Lejos de los focos, componía, pintaba y, por primera vez en años, había comenzado a sentir «una alegría de vivir y una gran sensación de liberación y sanación», como él mismo expresaría.
David Bowie había adoptado el camino de la regresión para seguir avanzando. Ya no quería ser vanguardia, al menos en términos personales. Quería volver a ser el de antes del éxito, un hombre irreconocible en la gran ciudad y desintoxicado a muchos niveles. Ya no necesitaba adoptar personajes para cantar sus canciones. Ya no necesitaba accesorios, disfraces, decorados o ser el mejor. Simplemente quería ser otra vez David Robert Jones.
Para el verano de 1977, un año después de su llegada, Bowie ya estaba de nuevo en la cima de su creatividad. Junto al productor Tony Visconti y su amigo Brian Eno, había comenzado a grabar un nuevo álbum. Durante largas sesiones en el estudio, apenas comía, regresaba a Hauptstrasse en barco con Eno al amanecer, se comía un huevo duro y dormía unas horas antes de volver a la sala de grabaciones. Una de las primeras canciones creadas de su etapa berlinesa sería el que se convertiría en su nuevo himno: «Heroes».
En esos pocos meses en Berlín, David Bowie completaría un monumental y asombroso viaje desde la adicción hacia la pura creatividad, una auténtica limpieza a todos los niveles tras dejar atrás la paranoia de la fama y la cocaína hasta convertirse de nuevo en un creador de instinto. Pronto todo aquello fructificaría en uno de los periodos más apasionantes de David Bowie con la llamada «Trilogía de Berlín», compuesta por sus álbumes «Low» (1977), «Heroes» (1977) y «Lodger» (1979), considerados algunos de los trabajos más importantes de su carrera. Sin embargo, solo «Heroes» se grabaría íntegramente en Berlín. Su lugar de trabajo preferido serían los estudios de grabación de la Köthener Strasse, en el barrio de Kreuzberg, situada en las inmediaciones de la franja de la muerte, en la llamada «tierra de nadie» de la Guerra Fría, con vistas a la hoy inexistente plaza Potsdamer Platz de antaño.
Sería legendaria aquella actuación años después, concretamente el 6 de junio de 1987, en la plaza Platz der Republik, junto al edificio del Reichstag, el Parlamento alemán. En aquel momento, el público del lado este de la Puerta de Brandeburgo también escuchaba el concierto. Cuando el artista terminó de cantar «Time Will Crawl», Bowie dijo solemnemente en alemán: «Enviamos nuestros mejores deseos a todos nuestros amigos que están al otro lado del muro». Esa misma noche, la policía de la RDA reprimiría violentamente las protestas de los fans en Berlín Oriental que gritaban «¡que caiga el muro!». Eso no ocurriría hasta 887 días después.
«Heroes» es una de las canciones más famosas de David Bowie y se grabó en un solo día. Ocurrió en julio de 1977 y el significado exacto del tema está abierto a la interpretación. Trata sobre unos amantes que se besan junto a un muro mientras suenan disparos y habla del «heroísmo» de dos personas que se atreven a mostrar ternura en un lugar hostil, aunque solo sea por un instante. Es fácil suponer que Bowie se refería al Muro de Berlín, sobre todo teniendo en cuenta que desde la sala de control del estudio podía ver el símbolo de la división alemana y a los guardias de la extinta República Democrática Alemana (RDA) en sus torres de vigilancia.
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Author: Alberto Bravo
20 septiembre, 2026