«Bajañí», un viaje por la guitarra universal de Niño Josele

En el verano de 1992, circulaba por la Lisboa rural un coche en el que sólo se reproducía un disco: «Mais», de la cantante brasileña Marisa Monte. El conductor, Fernando Trueba, se encontraba en pleno rodaje de «Belle Époque», y «lo escuchaba a todas horas –recuerda–. Fernán Gómez y todos los que venían conmigo siempre oían a Marisa, que entonces estaba empezando. Fue el himno del rodaje». Ahora, el círculo se cierra o, más bien, se expande. Pues la misma artista ha formado parte del último proyecto de un director que ha dejado la palabra a un lado para enardecer los sentidos a través de la música. Monte es una de las diversas figuras que componen «Bajañí», un viaje artístico y espacial que ha supuesto un viaje vital no sólo de Trueba sino, ante todo, del gran protagonista de la cinta: Niño Josele. El guitarrista almeriense, descendiente de una larga dinastía de cantaores y tocaores, ha trasladado sus acordes al cine a través de la sensibilidad melómana de Trueba, en una película musical que, además, está disponible en plataformas, CD y vinilo a partir del pasado viernes.

Almería, Madrid, Nueva York, São Paulo y Río de Janeiro son los lugares a los que Trueba y Niño Josele han viajado para dar forma al retrato musical de toda una vida artística. «Empezamos igual que yo crecí, en el barrio Pescadería de Almería. En una cueva, con mi familia y mi gente. Mi padre era guitarrista, mi abuelo también, mi madre cantaba y mi abuela bailaba. Lo tenía fácil. Cuando agarré por primera vez una guitarra, a los ocho años, yo ya sabía oponer un acorde. Además, en mi casa se había escuchado mucho flamenco tradicional, desde copla hasta Manolo Caracol, la Niña de los Peines o Pepe Pinto», retrata Josele de una juventud que, si bien fue bastante arraigada a la raíz y la tradición flamenca, no tardó en abrirse hacia otros géneros y fuentes creativas. Pues esa es una de las claves de «Bajañí»: la guitarra de Josele viaja por diferentes paisajes y culturas no tanto llamando a la fusión, sino más bien situándose junto a las grandes figuras tanto del flamenco como del jazz o de la música brasileña.

Horas y horas

Empezó tocando para el cante, huyendo del ego del solista y mientras escuchaba a Piazzolla. También, «a partir de las doce de la noche, sintonizaba la radio para escuchar programas de jazz. Escuchaba a Miles Davis y John Coltrane. No lo llegaba a entender, pero me llamaban mucho la atención», narra el artista. Y fue cuestión de tiempo que no sólo comprendiese estos estilos y expresiones, sino que formase parte de ellos. Conoció a Trueba cuando recién había estrenado la película «Calle 54» (2000), y a través de ella «me explotó todo. Tuve la oportunidad de conocer a Bebo Valdés, y Jerry González me abrió el camino para entender el latin jazz y también el guaguancó, que es una música muy espiritual. Nada era comercial, como el flamenco. Todo lo que sonaba era de verdad», expresa.

Niño Josele siempre se ha dirigido a su guitarra de una manera diferente y original. Algo quizá tuviera que ver la década que pasó de gira junto a nada menos que Paco de Lucía. ¿Cómo sienta ser guitarrista del gran guitarrista? «Es resultado de una formación que se trabaja con el tiempo. Porque esto de la guitarra no es fácil», responde el artista, «son horas, horas y horas de trabajo, en un cuarto, tocando y sin parar de aprender. Y siempre el peor crítico debes ser tú mismo. A mí no me gusta competir». Lo que sí busca es difundir una máxima: que la cultura de tradición y de raíz es un mundo repleto de matices por descubrir. Incluso Paco de Lucía nunca dejó de aprender. Recuerda Josele cuando lanzó su álbum «Paz» (2006), disco en homenaje al pianista de jazz Bill Evans y que, además, produjo Fernando Trueba. «Recuerdo la cara de muchos músicos flamencos al escucharlo, no entendían nada. Se preguntaban por qué hacía eso. Pero yo quería que sintieran la belleza de esta música». Y tal es así que hizo que, de su discografía, este álbum se convirtiese en el favorito de dos grandes: «Hay una canción en ‘‘Paz’’ que hace Freddy Cole, y recuerdo que Enrique Morente, con su expresión tan personal, me decía que le encantaba el tema de ‘‘Federico Cole’’ (ríe). Y Paco de Lucía… me cogía por banda para que le tocara el disco entero. Y me pedía que le explicase la armonía, el por qué de cada acorde. Yo no daba crédito. Creía que él lo sabía todo».

Caetano Veloso, Ron Carter, Rubén Blades, Kenny Barron, Estrella y Soleá Morente o las integrantes de Artemis –quizá de los grupos que más le apasionan a Trueba, según recomienda minutos antes de arrancar esta entrevista–, acompañan en «Bajañí» a Niño Josele. «También hay músicos jóvenes que forman parte de la nueva generación de jazzistas de América, y son brillantes. Estamos en la edad de oro del jazz, sobre todo si hablamos de mujeres», destaca el director, a lo que el guitarrista añade que en este proyecto se han producido «formaciones inéditas que no se habían hecho antes con la guitarra», como es cuando le acompañan un saxo tenor y saxo alto, contrabajo, batería y guitarra. Una sucesión de cruces y encuentros que rinden homenaje a una idea: la reflexión sobre la escucha. ¿Es un alegato a lo humano? «Claro», afirma Trueba, «quieren que nos volvamos robots, que aparquemos nuestra humanidad. Y no, hay que reivindicarla. En esta película están las manos, los dedos, las miradas, el sonido, la complejidad del músico…». Una belleza que se aleja de un mundo en el que parece que la música se está rindiendo cada vez más a la razón de ser de un producto prefabricado. «Hay canciones ahora que no soporto, son estúpidas. Y más cuando existen letras tan interesantes como las que hace Rubén Blades o Caetano Veloso, que es un letrista a la altura de la mejor poesía de la lengua portuguesa».

Huyen por tanto, y de forma contundente, de todo lo que no sea comunicarse musicalmente y «de tú a tú. La guitarra española puede hacerlo con cualquier música del mundo sin perder su esencia y su personalidad. Una conversación directa, real, orgánica y humana», subraya un Trueba que, sí, ha dirigido este proyecto, pero desde su lado más de «melómano que de cineasta», afirma. Un trabajo sin artificios, de pura y humana conexión… al puro estilo de aquellos paseos por la Lisboa del 92.


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Author: Concha, García

11 octubre, 2026