Una noche, entre bambalinas, pude asomarme al atril de Luciano Pavarotti. Las páginas tenían el texto del aria y nada más. Ni un pentagrama, ni una corchea. Me lo habían contado y no terminaba de creerlo; aquel día lo comprobé. El tenor más famoso del siglo apenas leía música. La llevaba dentro, que es otra manera de saberla, menos académica y bastante más envidiable.
El pasado lunes, 12 de octubre, mientras media España miraba desfilar a la Legión, Pavarotti habría cumplido noventa y un años. Nació en Módena en 1935, hijo de un panadero aficionado al canto y de una obrera de la fábrica de tabacos, y compartió nodriza con Mirella Freni, como si la ciudad hubiera querido repartir la misma leche entre las dos voces que iba a regalar al mundo. Años después los escuché juntos en una “Bohème” del Teatro de la Zarzuela. Lloró la sala entera. Yo también, y no me avergüenza escribirlo.
Mis recuerdos empiezan antes, en el verano de 1972, en mi primera escapada a la Arena de Verona. Tres noches seguidas, tres tenores: Corelli, Bergonzi y él. Cantaba “Un ballo in maschera”. Fui a saludarle al camerino y me lo encontré escayolado. Una caída esquiando, me dijo. Mentía, con esa sonrisa de niño goloso que le absolvía de todo: Ruggero Raimondi me confesó tiempo después que la culpa fue una zancadilla en un juego entre compañeros. Sigo pensando que en el medio siglo posterior nadie ha cantado Riccardo como él.
El Liceo me dejó otras dos estampas. Una Lucia con Cristina Deutekom en la que, joven aún, se quedó en blanco en pleno aria final. Ironías del oficio: el hombre que cantaba con la letra delante olvidó precisamente la letra. Y una “Bohème” con Montserrat Caballé en la que, al sentarse en el lecho de la moribunda, la cama se hundió. Mimí no murió de tisis aquella noche, sino de risa contenida.
La voz era otra cosa. Volumen, brillo, un centro cálido y un agudo que parecía no costarle nada. Lo intuyeron Joan Sutherland, Richard Bonynge y Decca antes que nadie. Lo demás lo hicieron los discos y la publicidad. Pero seamos honestos, que el homenaje no exime del oficio: inmóvil en escena y parco en matices, sus personajes habrían resultado monótonos sin aquel timbre inconfundible. Plácido era el artista; Luciano, el tenor.
Y luego vino Caracalla, en 1990. Siempre he sostenido que aquel concierto de los tres tenores, tan celebrado, le hizo a la ópera un favor envenenado. Enseñó a las grandes voces que un estadio paga más que un teatro y que no exige un mes de ensayos. De ahí al «Bravo, Tutto» que le gritó un espectador madrileño, convencido de que Tutto era su nombre de pila, solo había un paso.
Pavarotti tuvo admiradores, rivales y hasta un promotor, Herbert Breslin, que acabó siendo su biógrafo más venenoso. Lo que no está tan claro es que tuviera el amigo que más presume de serlo. Donald Trump lo llama «gran amigo» cada vez que se le presenta ocasión -lo ha repetido el lunes-, y al tenor Christopher Macchio llegó a augurarle que algún día sería tan famoso como «mi buen amigo Luciano». La historia documentada es más prosaica: Trump lo contrató en noviembre de 2000 para su casino Taj Mahal de Atlantic City y, según la prensa de entonces, tras una noche floja le reclamó la mitad del caché, cosa que él mismo negaría después. En 2016 la viuda y las hijas le pidieron que dejara de usar «Nessun dorma» en sus mítines, por considerar incompatibles los valores de fraternidad y solidaridad del cantante con los del candidato.
¿Qué escuchar hoy? Mi recomendación es La bohème que Karajan grabó para Decca en 1972 con la Filarmónica de Berlín y, cómo no, Mirella Freni. Ahí está todo: el do de «Che gelida manina» dicho con naturalidad, la juventud intacta y la complicidad de dos chicos de Módena que habían mamado lo mismo. Si alguien prefiere el escaparate, que vaya a la “Turandot” de Mehta, con Sutherland y Caballé. Y para verlo sonreír, el Elisir del Met de 1981.
Pavarotti cantaba con la letra delante. Las notas las ponía él.
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Author: Gonzalo, Alonso
14 octubre, 2026