Vuelve Mucho: Martí Perarnau solo quiere bajar a jugar

Después de los saludos corteses y de hacer balance de este tiempo desde la última vez, y antes de que comiencen las preguntas, Martí Perarnau entrega al periodista un sobre amarillo, con una carta. «Toma, una chapita», dice en tono socarrón acerca de su contenido. Se trata de una misiva, redactada en primera persona, sobre los antecedentes y sentimientos que giran en torno a la escritura y publicación de su nuevo trabajo, «¿Puede Martí bajar a jugar?», su primer disco como Mucho desde 2019. «Hacer este disco ha cambiado mi escala de valores y donde residen mis expectativas. Ya no espero nada de las canciones, he tardado demasiado en entenderlo. No quiero vivir de este proyecto, no quiero cargar con la mochila de la supervivencia. Quiero que este sea el sitio donde puedo hacer música desde los cimientos del libre albedrío», escribe. «Perdí esa felicidad por la música, –añade ya conversación con este periódico–. La economía o la sostenibilidad del proyecto me estaba robando las energías. Así que tuve que abandonar las expectativas del exterior».

Perarnau se dio cuenta de que lo único que él quería era jugar. «Exacto. Así fue como, poco a poco, sin pretenderlo, empezaron a salir las canciones del disco. La iba guardando en una carpeta que se llamaban como se terminó llamando el disco, porque solo se me ocurrieron ideas deplorables para el título», ríe Perarnau, músico y productor, que cada vez se parece más a un Rick Rubin (ambos practican la meditación) carpetovetónico. En el proceso fue clave su salida de la ciudad de Madrid hace tres años. «Sí, pasé un tiempo de estrés postraumático, de una de esas rupturas malas que tienes con alguien. De alguna manera tenía cierto apego tóxico todavía a la ciudad. Pero hace dos años que soy feliz en un pueblo, entre Guadalajara y Cuenca, en la España vaciada», narra el músico, productor de Zahara y miembro para los directos de León Benavente. Aunque en realidad la palabra no es «salir» de Madrid, sino «ser expulsado». «Completamente. Yo fui una víctima más del capitalismo exacerbado y de la especulación. Creo que un mercado que expulsa a la gente de sus casas no puede ser bueno ni saludable ni el objetivo de nuestra sociedad. Y sabemos desde hace ya muchas décadas que el mercado, sin control del Estado, no trae nada bueno», reflexiona.

En la soledad de su pueblo, Perarnau está feliz. “Bueno, es que yo puedo estar, digamos, una semana solo en el pueblo muy feliz, pero luego rápidamente ya tengo un concierto con mis compañeros de León Benavente o con Zahara. Entonces, la parte social la tengo solucionada. No sé, si tuviera que estar, digamos dos meses sin contacto social… eso se haría complicado. Su mundo interior ayuda. “He descubierto que, de todas las obsesiones que puede tener uno en la vida, quizá esta del sonido y del estudio de grabación, no siento que sea insana para mí. Veo que me hace feliz y que es saludable para mí ir practicando. Hay tanto aprendizaje en ese campo que siento que es infinito, que nunca en todo lo que me queda de vida podré asir ese conocimiento sónico y musical que conlleva lo del oficio de hacer discos y de encontrar sonidos”, explica.

En «¿Puede Martín bajar a jugar?», Perarnau hace gala de prosa automática. «Todas las letras del disco han ocurrido de manera específica. Cada día, al despertar, lo primero que hacía era ponerme a escribir sin juzgarlo, en ese momento de duermevela, que no sabes muy bien lo que está pasando. Al final, me encontré con una serie de textos que habían surgido puramente de esa escritura automática. Yo creo que eso es una muestra del dolor que llevas en tu subconsciente o de ese sistema que te va haciendo daño y que no te das cuenta». Hay una colmena. Una reina y una presidenta: “Sí, esta canción en concreto la escribí viniendo, creo que fue durante esta temporada de estrés postraumático con Madrid, regresando a la ciudad. Vi las “torres de Mordor” y uno de esos atardeceres mágicos madrileños que supongo que se producen por la contaminación, se genera esa luz completamente mágica y como de otro planeta. Y paré el coche en una gasolinera y me puse a escribir esta letra y me vino, esa sensación un poco de agobio, de que esa lengua de asfalto me diera la bienvenida. Y al final acabó cayendo por ahí a Ayuso, porque claro, al final nos tiene atravesados a todos los madrileños”, dice el músico.

Una de las canciones está inspirada en David Bisbal y su famosa frase-meme “¿cómo están los máquinas?”. Perarnau le mandó una carta (quizá demasiado larga) para pedirle permiso y usar su voz sampleada. Pero no obtuvo respuesta, así que grabó su propia voz tratada. “No me pareció de ley usar su voz sin permiso”, explica el artista sobre una canción que habla “de las masculinidades tóxicas y de estos criptoprofetas que gobiernan el mundo desde unas maneras muy violentas. El mayor de ellos sería Trump, pero bueno, hay muchos. Esta nueva masculinidad que parece que hay que ser como máquinas yendo al gimnasio y funcionar sin sentimientos. Encontré incluso unas frases en YouTube de uno de esos que decían que un hombre no puede llorar y cosas así. Otro que decía que había conseguido ya dejar las drogas y las mujeres. En fin, todos los premios Nobel. Estuve investigando y así salió la letra”. Textos pesadillescos, distópicos. Retratos de “criptobros”, de políticos, de escombros. Sin esperanzas, sin expectativas, sin ambiciones: «Con que le guste a una persona ya habrá valido la pena». Mucho.


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Author: Ulises, Fuente

8 noviembre, 2026