Cuando se habla del patrimonio musical español, no se puede eludir el gran género singular de nuestra historia: la zarzuela es una manera de entender el mundo, o, como lo describe González, «nuestra esencia, la marca de identidad que hemos llevado por el mundo». En los archivos de la Sgae se conservan nada menos que 10.000 títulos, pero son solo una pequeña parte de todos los que se escribieron. «Tenemos más de 40.000 libretos, pero en algunos no hay fuentes musicales. Así que sabemos que se escribió y se estrenó, pero no dónde está ese material que no ha llegado a nuestros días. Nos pasa con las compositoras, por ejemplo. Las primeras autoras cuyas partituras no se conservan. Se conserva mucho pero se escribió mucho más. La zarzuela lo inundó todo, de España y de América Latina. Fue el género por excelencia». Durante el siglo XIX y hasta mediados del XX, llega a haber en Madrid 20 teatros programándola y uno en cada capital de provincia. Fue hegemónico: «Si quieres una zarzuela gallega, tienes ‘‘Maruxa’’, que es la más famosa y la escribió un catalán. ¿Asturiana? ‘‘La pícara molinera’’, que la escribió un aragonés. O ‘‘Xuanón’’, de un madrileño Moreno Torroba. Y se hicieron vascas como ‘‘El caserío’’, ‘‘Mirentxu’’ y ‘‘Mendi mendiyan’’. Y, por supuesto, en Cataluña escritas en catalán y en valencia en valenciano. Toda españa cantaba zarzuela al mismo tiempo», explica.

Alberto R. Roldán
La Razón
«Era un género muy querido, pero sucedió que la Generación del 98 y la del 27 lo tratan como un género menor y después, las siguientes generaciones lo relacionan con el franquismo, una idea que es absurda, porque su nacimiento se remonta al siglo XVIII. No tiene nada que ver con ese periodo, pero somos muy dados a los clichés», explica González Peña sobre un estigma que duró mucho tiempo. «Yo pertenezco a la primera promoción de Musicología de Oviedo y por entonces sabíamos poquito de zarzuela. Suerte que teníamos al profesor Rosales que era un enamorado». Sin embargo, la mirada foránea, una vez más, nos abre los ojos. En Alemania o en Francia se publican cada vez más ciclos de zarzuela. «Es que a ellos les da igual otras consideraciones: si la música funciona, si es buena, van a por ello. Nosotros tenemos los materiales del 99 por ciento de las obras y por ello deben pedirnos permiso para hacerlas. Así que sabemos que hay cantidad de orquestas europeas que incluyen zarzuelas en sus conciertos de Navidad, por ejemplo. La Ópera de Niza ha hecho un programa completo sobre el género. Un teatro alemán nos pidió ‘‘Luisa Fernanda’’ y funcionó tan bien que pidieron permiso para tenerla dos años más girando por el país». Cualquier teatro que desee programar una zarzuela, debe, irremediablemente acudir a la Sgae: «Para hacer una representación necesitan el libreto, la partitura de orquesta y los materiales de orquesta. Sin eso, no se puede. Así que nos lo piden. Las obras están en alquiler, así que primero contactan por autorización, si la obra está protegida y tramitan con los herederos los derechos y luego con nosotros los materiales».

Alberto R. Roldán
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Sin embargo, de esas 10.000 registradas, hay muchas piezas olvidadas esperando una mirada interesada. «Si alguien conoce cien, ya me parecen muchísimas. Y fíjate qué porcentaje tan pequeño. Nosotros tenemos un archivo comercial, para sus socios, pero también para la sociedad, para que se interese por estas obras. Por eso nuestra máxima felicidad es verlas en los teatros». Zarzuelas ya no se escriben apenas, por lo que el trabajo de catalogación avanza, pero quedan cosas por hacer, como el de rescatar a mujeres compositoras que quedaron en el olvido. «Hemos recuperado unas 20 y hay mucha gente que viene a investigar sobre ellas». Mujeres como Remedios de Selva y Torre, Lola Victoria Tarruella, María Rodrigo, Carmen Climent, Adela Pérez Méndez, Mercedes Ubach, Blanca Lozano, Elena Faus y Adela Anaya, que firmaban bajo seudónimo, generalmente de hombres, y a las que la Sgae dedicó un ciclo. «Algunas han fallecido en este siglo y recuperarlas ha sido de lo más gratificante que hemos hecho. Por ejemplo, a Adela Pérez Méndez, que falleció en 2013, la rescatamos de forma curiosa, porque se puso en contacto conmigo el bibliotecario del conservatorio de Amberes. Tenían una partitura que tenía una pegatina de la Sgae y no sabían catalogar porque aparecía un autor desconocido, llamado Emilio Mascaraque. Era el seudónimo de Adela».
Sin embargo, mientras la producción de zarzuelas ya ha finalizado, el de piezas sinfónicas no hace más que subir: «Llegan entre 100 y 150 partituras a la semana, una barbaridad. En el 92 se publicó un catálogo del archivo y había 2.000 partituras. Ahora tenemos más de 44.000, el crecimiento es tremendo. No todo son sinfonías, hay obras más pequeñas, pero llegan muchísimas», explica González Peña. «El archivo sinfónico está vivo, no puede darse por cerrado y por eso está en catalogación contínua». También hay un gran fondo de documentos de música popular. «Tenemos más de 40.000 partituras de pop de entre los 40 y los 80. De Marisol, Serrat, de Víctor Manuel… eso no está terminado de catalogar, pero sabemos donde lo tenemos. Hay fotografías, objetos varios que llegan con los legados, algún cartel… hay un poquito de todo». Está, en resumen, nuestra historia musical, un inmenso legado. «El fondo documental es tan grande que un equipo de ocho personas tiene trabajo para varias vidas», dice sin un ápice de derrota por ellos González Peña. «En absoluto. Es nuestra pasión y lo hacemos para que quede así para el futuro. Y para que vengan los investigadores a seguir celebrándolo y reconociéndolo».
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16 abril, 2023