Muchas veces se mira con admiración a
los hechos culturales anglosajones y se desdeñan las propias, pero
DRO fue lo más parecido a la mítica Factory Records británica en
la que publicaron grupos como Joy Division, New Order o los Happy
Mondays y que fue retratada en “24 Hour Party People”. “Me veo
bastante representado en esa película -dice Carballar-. Hay muchas
coincidencias pero entonces no lo sabíamos, claro. Gran parte de
nuestros contratos estaban firmados en servilletas o en un folio a
dos caras porque ni se nos ocurría pensar que al cabo de diez años
fuese a ir algún lado. Solo buscábamos solucionar el día, publicar
los discos que queríamos, daba igual que se vendiera poco”. Pero
sus primeros discos se agotaban de inmediato. “Para nuestra
sorpresa, sacabas mil o tres mil singles y se vendían. Discos de
Aviador, Los Decibelos, Siniestro Total… desaparecían de nuestras
manos. Las tiendas te mandaban un cheque, todo era muy rudimentario”.
La escena bullía en las calles. “Hay una tendencia ahora, un
cierto grado de desprecio o de restarle importancia a esa época por
parte de gente que no la vivió realmente. Pero yo tenía la
oportunidad de ir a Londres y a Nueva York y te aseguro que el
ambiente, por ejemplo en el CBGB, no existía por la noche. A las
once estaba todo el mundo durmiendo. Y en Madrid nunca se acababa la
noche. Era la ciudad más divertida del mundo”, evoca Carballar.
Discos
como “¿Cuándo
se come aquí?” (1982) de Siniestro Total, “Que Dios
reparta suerte” (1983) de Gabinete Caligari o el EP “Una
décima de segundo” (1984) de Nacha Pop recibían la atención
de Radio 3 y Onda 2 y de periodistas jóvenes que defendían los
frutos de la nueva ola. Pronto lograrán colarse en los 40
Principales. “No había grandes producciones ni sonido, pero las
letras no tienen parangón en el mundo. El sentido del humos de Los
Nikis o de Siniestro no lo encuentras en casi ninguna parte, salvo en
Devo o Frank Zappa”, apunta Carballar. A los Glutamato Ye-Yé,
Décima Víctima o Parálisis Permanente (que editaba el sello Tres
Cipreses, que se fusionó con Dro), más nuevaoleros, se
sumaron grupos con potencial comercial como Hombres G y,
especialmente, Duncan Dhu. Hombres G publicaban en Grabaciones
Accidentales, GASA, otra pequeña discográfica que iba abriendo
camino gracias a sus acuerdos con las independientes británicas como
Rough Trade o Creation y que, tras la quiebra de la distribuidora
Pancoca, se fusiona con DRO. Parecía una jugada lógica: DRO
aportaba la visión más creativa y vanguardista, GASA aportaba
grupos con potencial vendedor, además de un catálogo internacional.
Y la apuesta funcionaba: del piso familiar de Carballar, el sello fue
mudándose sucesivamente a una sede más y más grande. Llegan a
facturar 900 millones de pesetas, a tener 60 empleados.
“Inevitablemente, cambiaron determinadas actitudes para parecernos
a una compañía estándar o una ”major”. “Y el espíritu fue
cambiando y surgieron las diferencias entre los socios, en lo que
pensábamos que debería ser el futuro de esa cosa que se nos había
ido de las manos sin planificar. Con el tiempo, el crecimiento, se
transformó en un negocio y había que pagar alquileres. Nuestra
búsqueda de artistas estaba limitada por el riesgo y nos sentíamos
forzados a buscar con el tiempo grupos que vendieran. Y hubo una
divergencia”. Al cabo de 8 años, “cuando empecé a ver gente en
DRO que ni conocía, sabía que algo no iba bien”, Carballar se
marchó junto a Marta Cervera.

Alex Puyol
El sector estaba cambiando. Las
multinacionales vieron que había un nicho que no estaban ocupando y
lo querían a golpe de talón: les “robaron” a Loquillo y
Gabinete Caligari. “Por mucho que vendiéramos no podíamos
enfrentarnos a EMI o Sony y su capital. Y contra lo que pensábamos
que iba a suceder, algunos artistas prefirieron asegurarse su futuro
y apostar por esas multinacionales pese a que la mayoría habían
abjurado de ellas repetidamente. Pero es ley de vida. Si eres muy
punk te pasan estas cosas. No haces contratos, lo pasas muy bien,
pero llegan las situaciones límite”, cuenta Carballar. “Empecé
a ver el surgimiento de inversores o de gente ajenas al mundo de la
música que se interesaban por el negocio en sí. Eso dejó de
interesarme, aunque había gente en DRO que les seducía esa
posibilidad de ir a más y convertirse en una multinacional española.
Hubo un momento loco en el que se pensaba que se abrirían sucursales
en Milán o Nueva York y que Duncan Dhu iban a ser famosos en todo el
mundo como Rosalía. En algunas cosas no se estuvo acertado, pero
otras sí, y han dejado un legado en gente como Subterfuge o Elefant,
que aprendieron de lo que hicimos bien y de lo que hicimos mal”.
Las situaciones límite, los conflictos personales, las
omnipresentes drogas (no solo entre los artistas, claro) y la
presión de los negocios enturbiaron mucho una pecera llena de
tiburones. Pocas de esas inquinas, algunas de ellas muy amargas pero
sin importancia cuarenta años después se cuentan en el libro. Casi
mejor, porque su trascendencia es subjetiva.
Muchos de los fundadores de DRO
permanecieron en la compañía y, al poco tiempo, fueron comprados
por Warner. Aunque, como sostiene Alaska, que recaló en DRO con
Fangoria después de publicar en Hispavox y Subterfuge, fue el pez
chico quien se comió al grande. Algo así como sucedió a Disney con
Pixar. La multinacional adoptó la cultura de la independiente, el
llamado gen DRO. Y no puede decirse que les fuera mal. La catarata de
éxitos comerciales fue tal que escribieron la historia del pop: de
Celtas Cortis a M-Clan, de Los Rodriguez a Andrés Calamaro y de Los
Enemigos a Seguridad Social pasando por Los Secretos, Rosendo, La
Cabra Mecánica, Jarabe de Palo, Marea, Fangoria…
En esta historia de modernidad, hay,
cómo no, buena parte de casticismo. Ahí tenemos a Loquillo cantando
contra El Corte Inglés, por ejemplo: “No bailes rock & roll en
el Corte Inglés” fue un tema que escribió junto a Sabino Méndez
en 199 cuando el centro comercial lanzó una campaña publicitaria a
modo de “Grease”. Pero a los rockeros, tan militantes con su
causa, esto les indignó. “Hicimos un alegato por nuestra cultura”,
dice Loquillo en las páginas del libro. Los grandes almacenes
amenazaron con no vender el disco y la canción nunca fue
publicada… hasta 2019, como “bonus track” de la reedición del
disco. Loquillo también cuenta cómo se fraguó su fichaje por
Hispavox, una gran compañía española (ojo, no una multinacional
paracaidista) después de un cortejo descarado. Tanto, que al
terminar una actuación en 1984, cuando se baja del escenario, una
morena espectacular se le acerca, le besa, y le introduce una
papelina de cocaína en el bolsillo. Acabaron firmando con ellos,
porque la oferta era irrechazable. Después no era oro todo lo que
relucía, pero sí se sintieron con las estrellas del rock and roll
que él y Sabino Méndez sentían que eran. En Hispavox, presenció
el consumo desaforado de polvo blanco que también existía en la era
más oscura de Los Trogloditas: “Estamos vivos de milagro”, dice
al reconocerse el único superviviente de La Movida junto con Alaska.
“Durante la grabación del disco ”Hombres”, se derramaron 4
gramos de cocaína sobre la mesa de sonido y los técnicos tuvieron
que desmontarla para seguir grabando. Esa situación me hizo pensar”,
dice el músico en el libro.
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Author:
5 junio, 2023