En el Teatro Real asistimos a un concierto autéticamente wagneriano. Lo que escuchamos fue, en realidad, una reducción imposible. El Anillo no cabe en un concierto, como tampoco cabe el océano en una botella, pero sí pueden escogerse sus mareas. El programa recorrió las cuatro jornadas —El oro del Rin, La valquiria, Siegfried y El ocaso de los dioses— mediante escenas y fragmentos orquestales que, bien hilvanados, permiten recordar que las cuatro óperas no son cuatro óperas, sino una única criatura gigantesca que Wagner decidió alimentar durante unas quince horas.
Se trabajó con inteligencia para evitar la falta de continuidad de una obra concebida como un todo teatral. Heras-Casado planteo la velada con criterio, y no se limitó a encadenar momentos de impacto ni a confiar el éxito al prestigio de la música. Hubo una idea conductora, un deseo claro de preservar la lógica interna del universo wagneriano incluso fuera de su marco escénico.
La dirección de Heras-Casado fue, junto con la respuesta de la orquesta, lo mejor de la noche. Su Wagner no se apoyó en la hinchazón sonora ni en la retórica aparatosa, vicios frecuentes en este repertorio cuando se quiere impresionar con medios exteriores. Prefirió la construcción paciente, la graduación de tensiones y el control del pulso. Supo administrar el crecimiento de las frases, sostener la densidad sin que el tejido se volviera opaco y conducir los grandes climas con energía controlada. Se le podría pedir en algún momento un punto mayor de abandono. Pero su lectura tuvo solidez, coherencia y una madurez que confirma hasta qué punto su trato con Wagner ha dejado de ser coyuntural.
La Orquesta del Festival de Bayreuth respondió con la autoridad de quien vive en este repertorio. Desde los primeros compases se percibió una sonoridad compacta, ancha y profundamente asentada, rara vez tosca. Las cuerdas graves sostuvieron al conjunto con firmeza; los violines mantuvieron homogeneidad y brillo sin estridencias; las maderas aportaron refinamiento y color; y el metal, tan decisivo en Wagner, ofreció potencia y nobleza en dosis poco habituales. No todo fue impecable, porque hubo algún ataque duro y algún ajuste menos limpio de lo ideal, pero el nivel global fue muy alto. Sobre todo, se escuchó algo hoy infrecuente: autentico estilo, no simple eficacia. Un par de apuntes: su elevada edad media, la práctica ausencia de otra etnia que la blanca y, sobre todo, la diferencia sonora para el espectador a escucharla en el foso místico o sobre un escenario. Verdadero mérito de Heras Casado que, sobre el del Real, nunca apagase a los tres cantantes.
En los episodios puramente orquestales se concentraron algunos de los mejores momentos. Ahí pudo apreciarse la doble virtud de esta formación: la capacidad para expandirse con grandeza y la de recogerse con delicadeza. Los pasajes de atmosfera más suspendida estuvieron dichos con naturalidad y fino sentido del matiz; los grandes bloques sinfónicos adquirieron peso trágico sin caer en la brutalidad. Heras-Casado supo sacar partido de ambos extremos. Cuando hubo que sugerir, sugirió; cuando hubo que levantar amplias oleadas sonoras, las levanto sin perder del todo el control de los planos.
La segunda parte quizá resulto más lograda que la primera. El discurso gano cohesión, como si director, orquesta y voces hubieran encontrado entonces su temperatura ideal. Todo fluyo con mayor necesidad, con menos sensación de fragmentación y con una intensidad mejor sostenida. Ese crecimiento interno fue decisivo para que la velada adquiriera verdadero aliento dramático.
Entre los solistas, Nicholas Brownlee fue seguramente quien dejo la impresión más completa. Su voz tiene cuerpo, amplitud, color suficiente y una autoridad muy conveniente para Wotan. Pero más importante aún fue que no se limitó a emitir con rotundidad. Hubo voluntad de decir, de frasear con sentido, de dar al personaje un espesor que fuera más allá de la mera suficiencia vocal. Su canto tuvo aplomo y presencia. Quizá falte todavía más variedad en la inflexión y una palabra aún más trabajada, pero su rendimiento fue notable y muy superior al de tantos cantantes que confunden volumen con grandeza. Soberbia la nota final mantenida de la despedida a Brunhilda.
Klaus Florian Vogt compareció con sus virtudes y sus límites bien conocidos. Su timbre, claro y singular, sigue sin ajustarse al ideal heroico que muchos esperamos en este repertorio. Falta sombra, falta peso en el centro y falta una sustancia más incisiva. Sin embargo, sería absurdo negar lo evidente: la voz corre de manera extraordinaria, atraviesa la masa orquestal con facilidad y mantiene una limpieza de emisión ejemplar. Su intervención fue musical, segura, bien administrada y técnicamente muy sólida. Otra cosa es que el retrato para Sigfrido no alcance plena densidad humana. Hay profesionalidad, nobleza y línea, pero no siempre carne.
Catherine Foster ofreció una actuación más desigual. En su primera intervención no pudo evitar cierta inestabilidad y algún sonido tirante que hacía temer un resultado inferior al esperable. La voz acusa desgaste, algo natural después de tantos años de cantar este repertorio. Pero Foster supo rehacerse. Conforme avanzo la velada fue asentando mejor su presencia y, en la escena de la inmolación, encontró la concentración dramática que necesitaba. Ahí peso su experiencia, su conocimiento del estilo y una entrega sincera que compenso el paso del tiempo en la voz y casi llegó a emocionar.
La reacción del público fue intensamente positiva y más después de la propina de La Cabalgata de las Valquirias. Y es que, aunque el nombre de Bayreuth posee un magnetismo especial, la respuesta no se explicó solo por esa aura. Hubo razones estrictamente musicales para la ovación y los muchos bravos, incluso entre las piezas: una orquesta de categoría excepcional, una dirección pensada y un reparto vocal de rendimiento desigual pero globalmente muy estimable.
Fue una noche importante por la calidad de la orquesta, por la seriedad con que Heras-Casado organizo el material y por la sensación de estar ante interpretes que saben realmente de que hablan cuando abordan Wagner. Hubo altibajos, sin duda, y no todos los cantantes alcanzaron el mismo nivel. Pero hubo jerarquía, estilo y música de verdad. Eso bastó para que uno añorase aquellos años de loa ’70. ’80 y ’90 en las que me merecía la pena viajar a Bayreuth. Gracias por recordarme que, al menos orquestal y casi vocalmente sigue siendo lo que era. Será cosa de regresar si las puestas en escena se comportan a tono.
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Author: Gonzalo, Alonso
4 septiembre, 2026