Carmen Avilés: “Aprendí a bailar escuchando en mi radiocasete música electrónica”

Carmen Avilés (Puerto Lumbreras, Murcia, 1993) mezcla con solvencia el [[LINK:TAG|||tag|||633618ec87d98e3342b271c5|||folclore flamenco ]]con los sonidos urbanos y eso hace de ella una de las figuras más atractivas y exóticas de la danza contemporánea. El próximo 7 de mayo estrenará en el madrileño Teatro Eslava el espectáculo de música y danza «Carmela», el primero que aborda con la compañía que lleva su nombre, y el cual podrá disfrutarse, ya pasado el verano, en Murcia, Barcelona, Sevilla y, de nuevo, Madrid, en la sala La Riviera. En el dosier que distribuye su oficina de prensa se habla mucho de la estética de este espectáculo, de cómo es visualmente, pero nada se dice del argumento. ¿Acaso no lo tiene? «No, no tiene ningún argumento –responde–. Normalmente, en los espectáculos de danza sí que hay un argumento, un hilo conductor, pero en este caso viene todo ligado a la música. Porque el concepto es el de un concierto de música y danza en el que las dos partes son igual de importantes. Todo está hecho a partir de un disco audiovisual que se llamará “Carmela” y del que han ido saliendo sencillos en los últimos meses. Las letras y la música de esas canciones están escrita y producidas por mi pareja, Alejandro Astola, que lo compuso primero para el disco y después para que se interpretara en el directo». Cuando no hay un argumento, una narrativa, el espectáculo ha de ser visualmente muy potente para lograr sostener el interés del público: «Tienes toda la razón –afirma–. El espectáculo debe ser muy potente porque el público no está siguiendo una narrativa y tienes que engancharlos. Muchas de las personas que me siguen ya han escuchado mi disco y ya se saben las canciones. Pero lo bueno de este espectáculo es que se hace en una sala de conciertos y la gente va a estar de pie, no sentada en una butaca, y va a bailar y a cantar. Cuando vas a ver a David Bisbal, por ejemplo, no hay argumentos, él simplemente canta sus canciones y la gente se divierte cantando con él o viéndolo cantar, y en este caso es lo mismo. Por eso quería sacar antes el disco, para que la gente, cuando venga a ver mi espectáculo, ya se sepa las canciones y pueda cantarlas y sentirse dentro del videoclip que ellos han visto en casa».

Entre la calle y el conservatorio

Aunque Carmen se formó en los conservatorios de Granada y Sevilla y después recibió clases en la escuela Amor de Dios, en Madrid, con Pedro Córdoba y Alfonso Losa como maestros principales y, eventualmente, con Antonio Canales, su preparación académica fue tardía –arrancó con 18 años– y hasta que dio el salto a las aulas bailó de forma amateur: «Mi madre tenía una humilde escuela en Puerto Lumbreras donde enseñaba sevillanas, bailes regionales como la reja y el vito, algunas cositas de alegría y un poquito las bases del flamenco –explica–. Ella vio enseguida que se me daba muy bien y decidimos que me preparase para el conservatorio. Al ser de Puerto Lumbreras, que está muy lejos de la ciudad de Murcia, Granada o Almería, quería primero sacarme el bachillerato y terminar mis estudios, y luego irme. Y con todas las dificultades que he tenido por el hecho de no contar con grandes maestros cerca de mí, ni guitarristas ni cantaores, pues al final yo sola, en mi casa, abrí la mente en muchísimos aspectos. Aprendí a bailar escuchando en mi radiocasete música electrónica y me abrí un campo de imaginación enorme, porque no tenía las facilidades que otros sí tuvieron. Y luego, por supuesto, una vez que empecé en el conservatorio –prosigue– sí que tuve que esforzarme muchísimo más, echarle todas las horas del día y de la tarde. Y cuando llegué a Madrid, echarle todas las horas del mundo. Me puse a trabajar en otras cosas, de camarera o donde pillara, y todo el dinero que tenía lo invertía en clases y en ponerme las pilas porque tenía muy claro que quería ser bailarina profesional. Pero mi etapa previa al conservatorio ha hecho que ahora, en mi compañía, me resulte mucho más fácil imaginarme diferentes escenarios o modas y vestirme como me vestía en el pueblo, con chándal. Y si para bailar en mi casa escuchaba rap, ¿por qué no se va a cantar rap en mi espectáculo? Pues mira, sí, que canten rap también».

«El conservatorio se quedó en mantillas al lado de mi etapa con Joaquín Cortés. Él tiene que defender un nombre y los ensayos eran durísimos»

Carmen Avilés

No se tiene Carmen por bailaora, ella es bailarina, pues, aunque el flamenco está muy presente en lo que hace, cultiva otros géneros: «Si me tengo que poner a bailar danza contemporánea lo puedo hacer, igual que el flamenco, claro. Cuando hice las pruebas para la compañía de Joaquín Cortés, de la que tuve la suerte de formar parte, él me pedía tener conocimientos de contemporánea y de clásica, y yo estaba perfectamente preparada para ello. Luego quizá había otras bailaoras mucho mejores que yo en flamenco, pero ese puesto no lo podían desarrollar». Fue con Joaquín Cortés con quien se curtió como bailarina y en ese tiempo entendió el significado de la palabra «sacrificio»: «Yo pasé la fatiga de la muerte con Joaquín –revela–, porque era mi primera compañía y él exigía muchísimo. El conservatorio se quedó en mantillas al lado de Joaquín Cortés, fíjate. Y es normal, porque él tiene que defender el nombre que tiene, Joaquín Cortés, y los ensayos eran durísimos y había gente con un talento increíble. A mí me costó aquello lágrimas de sangre, pero me llevé muchísimo aprendizaje. Y hoy en día, en mi compañía, muchas veces pienso: “¿Cómo haría esto Joaquín?”, y me lo llevo a lo mío tal y como él lo hacía. Son cosas que vas aprendiendo a lo largo de tu carrera».

Formó parte del cuerpo de baile de «Malinche», de Nacho Cano, un paso decisivo en su trayectoria profesional. ¿La polémica que se generó en torno a ese musical lo convirtió en una experiencia agridulce? «Creo sinceramente que no, porque Nacho es alguien muy seguro de sí mismo y no te vayas a pensar que le importa tanto lo que digan de él. Incluso te diría que lo utiliza a su favor, es muy listo. Y, en ese sentido, creo que todo aquello le vino bien porque, de repente, “Malinche” estaba en todas las televisiones. ¡Y qué más publicidad quieres! Yo ya no estaba allí cuando aquello pasó, pero creo que fue todo una mentira. De hecho, mis compañeras siguen bailando allí y están felices, muy contentas, están en México, les están dando clases de todo, de canto y actuación, y la verdad es que allí aprendí muchísimo», concluye.

«Nacho Cano es alguien muy seguro de sí mismo y no le importa tanto lo que digan de él, incluso lo utiliza a su favor»

Carmen Avilés

BAD BUNNY POR BULERÍAS

Por Javier Menéndez Flores

En el abecedario sin fronteras ni tabúes de Carmen, que se presenta ante todos ustedes con chándal y tacones, puro farde periférico, conviven Robe, Camarón, Violadores del Verso y Boris Brejcha. El arte es algo demasiado serio como para levantar muros entre géneros y escuelas y, además, la piel manda más que un cónclave de sargentos y no cabe otra que acatar su dictado de fuego. Porque la emoción, cuando es intensa y urgente, cuando te hunde las uñas y te tira del pelo y te besa fuerte, abole hasta el prejuicio más terco.

Primero llegó el rock, ya digo, con su poesía nutrida de negritas y mayúsculas y sus guitarras iracundas. Después vino el rap, ese alarde de noes a todo y de sexo explícito en vena. Y cuando parecía que nada quedaba por descubrir, explota en tu habitación y en tu cabeza una bomba de música electrónica, chunda que te chunda, y a ver quién le pone freno al delirio. Eso, esa, eres tú, quien te probó lo sabe. Y cada vez que te arrancas a bailar lo hace contigo ese andamiaje.

Es una mentira cochina que en Puerto Lumbreras no pasaba nada. En el centro cívico, por ejemplo, los conciertos te llenaban los pulmones de luz y te animaban a proyectar sueños que no eran necesariamente imposibles. Y en las casas cueva, con su pasado rupestre y su atmósfera habitada por fantasmas, las fiestas siempre duraban mucho más de lo que le habría gustado a tu madre. No hay nada que reprocharles a esos años, salvo que deseabas con toda tu alma ser mayor.

Si digo Granada estoy diciendo La Chumbera de Manolete, donde la magia congénita del Sacromonte afilaba sus espadas. Y si digo Sevilla te zumba en los oídos un «guapa, ponme dos güisquis DYC, un vodka con naranja y tres cervezas». Y en los aledaños de la Puerta del Sol, donde el cuentakilómetros se puso a cero, la noche y el arte eran sinónimos de Casa Patas y del Candela. Y cuántas veces te sorprendió el amanecer sin ganas de irte a la cama. Madrid, contra todo pronóstico, fue una mano tendida y un consejo a tiempo y ese trampolín fundamental. Y aunque el caos de Lavapiés queda lejísimos del campo de Sevilla, donde las vacas y los caballos son tu droga diaria, sabes que en Madrid te esperan amigos para siempre.

En el planeta Carmela hay una torre bañada en oro y una historia de amor entre gitanos y una niña que se llama Mariola y otra canción en la que Javi Medina se desangra como solo él puede hacerlo. En el planeta Carmela estáis tú y Alejandro separados y juntísimos, dándolo todo y un poco más, con un pie en la hoguera de la tradición, de donde viene el duende ciclotímico del flamenco, y el otro muy cerca de Saturno. En el planeta Carmela están las líneas de la palma de tu mano, que nunca mienten, y los muchos lugares que te quedan por pisar y ese río que se ríe de ti porque siempre que entras en él es otro.

Pedro, Alfonso, Antonio, Joaquín, María José, Nacho. Y Carmen Amaya y Paco de Lucía y Residente. Qué hermoso es el camino andado, Carmen, y cuánto talento allá donde mires. No hay más que fijarse en el cañón Ángeles Toledano, que canta como si tuviera doscientos años y nadie le echaría más de veinte. ¿Cómo no amarla, si nos ha traído el futuro a casa? Quedan solo cuatro días para el 7. Aprovéchalos.


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Author: Javier Menéndez Flores

4 mayo, 2026