Elíades Ochoa, el legado vivo del son

Hace tiempo que adoptó una manera de
vestir, íntegramente de negro, con botines y con el sombrero de los
trabajadores del campo que vestían los hombres de su familia, que le
han valido el apodo de “El Johnny cash cubano”. A Elíades Ochoa
(1946) eso no le disgusta
. Porque, en el fondo, su identidad no está
tan lejos de los cowboys de las películas clásicas que devoraba de
niño y sigue viendo. “Yo soy solo un campesinito más”, dice con
extrema humildad esta figura de la música, el más joven del
inolvidable elenco de Buena Vista Social Club, la película y el
disco que ayudaron a rescatar una tradición que estaba en riesgo.
“Por supuesto que lo estaba. Y yo diría que todavía sigue
necesitando de apoyo, pero el problema es que esta tradición se
cultiva en el oriente de la isla y ahí el Gobierno de la capital no
quiere saber nada.
No se preocupa por ella, no hace nada por
promocionarla, darla a conocer. Yo al gobierno cubano lo veo en su
cosa de la política, pero parece que ignora la cultura. Y así es
como las cosas se echan a perder y la gente se olvida”, dice Ochoa
en una mañana calurosa en Madrid mientras se seca con un pañuelo.

Por tradición, se refiere a “una
música que saqué del cajón del olvido y que se la enseñamos al
mundo en el proyecto Buenavista Social Club
. Canciones que se
volvieron un éxito internacional gracias a los intérpretes que
estaban implicados y que necesitaban de vida, de ser escuchadas”,
explica sobre temas que él mismo escuchaba de niño cantadas por su
padre, campesino en la Loma de la Avispa. Sones montunos, guarachas y
boleros que fueron recogidas en aquel proyecto audiovisual justo a
tiempo. Ochoa es el último superviviente: “Siento la
responsabilidad. Es algo que tengo que saber que está en mis
hombros.
El peso de esa batuta que me entregaron de la música
tradicional cubana”. Sin embargo, Buena Vista pasó desapercibido
en la isla. “En Cuba no se conoció… Se enteraron cuatro o cinco
del éxito que tuvo la música tradicional en el mundo. Y yo quisiera
saber el motivo. Al contrario, creo que no se quería hablar mucho.
Porque lo hizo Nick Gold, un inglés, y había un americano que se
llama Ry Cooder. ¿Y qué tiene que ver? 27 años después, todavía
se habla de ello”.

El pasado y la política

En Elíades Ochoa siguen perviviendo
las canciones que aprendió de niño, trabajando en los campos
sembrando el maíz con su padre. En su último disco, “Guajiro”,
confiesa que se acordó de todo. “Veo la imagen de mi padre como si
estuviera sentado frente a mí. Hay temas que hablan de cuando no
había carreteras, qué sé yo. Me vienen a la mente personas de
aquella época como si estuvieran conmigo. También me vuelven los
temas que hacía él, que tocaba el tres. Ya no lo sé si eran suyas,
porque en su juventud los campesinos se reunían para las fiestas y
tenían un septeto. Cantaba muchas cosas y yo todas ellas las sigo
trabajando. La gente dirá que esta canción o la otra le gustan,
pero no saben que tienen cien años”, dice sonriendo. De la niñez
de Elíades, como aclara Grisel Sande, su mujer y escritora, hay
testimonios como “West”, un tema que interpreta en el disco junto
al armonicista Charlie Musselwhite
, que compuso sobre el recuerdo de
un caballo que le regaló su padre. “Hay gente que no entiende que
toque con músicos de Estados Unidos. ¿Pero qué tiene que ver la
política con la música, señor mío?”.

Elíades aprendió trabajando: “Tocaba
en la calle y pasaba el sombrero. Era limpiabotas por el día y
también trabajé vendiendo maní a la puerta del zoológico. Por la
noche, me iba para la calle, a los barrios donde las mujeres se
ganaban la vida en la prostitución. Y yo, con mi guitarra que era
tan alta como yo, tocaba y cantaba. Y a las dos de la mañana tenía
80 o 90 céntimos. Por entonces, mis padres no trabajaban. Estábamos
pasando hambre en Cuba. Me siento orgulloso de eso. Trabajé muy duro
y estoy feliz de venir de donde vengo
”, dice mirando al horizonte,
como si algunas imágenes de aquello estuvieran sucediendo ahora
mismo. Después, en el año 63, empezó en la Trinchera Agraria y la
Casa de la Trova de manera autodidacta, a aprender de ese fantástico
universo del son cubano que le ha traído hasta aquí. “Pero, en
esencia, sigo cantando todo aquello que cantaba mi padre en la década
de los 50, de aquel dúo de Francisco Repilado y Lorenzo Hierrezuelo.
Yo sigo dándole vida a esas mismas canciones”. ¿Quién seguirá
cantándolas en el futuro? “Yo no sé si tendrán que hacerme una
solicitud para no llevármelas cuando me vaya del planeta (ríe).
Cuando me pasen el telegrama de embarque urgente. Ahí se acaba todo.
En el futuro, hacen falta las manos de los que dirigen. ¿Vendrá
otro Buena Vista? No creo. Esa historia no se repite. Pero ojalá que
se siga cultivando nuestro patrimonio”.

Trabajar con C. Tangana

Mirando la lista de reproducciones de
Spotify de Elíades Ochoa, una de sus canciones destaca sobre el
resto: es “Muriendo de envidia”, su colaboración con C. Tangana.
“Me dijeron que venía a conocerme y yo, encantado, accedí. Desde
que se bajó del carro le vi buscándome. Estuvimos conversando y me
dijo que me admiraba, y eso que yo pinto canas ya… Fuimos al
estudio, el mismo donde hicimos Buena Vista Social Club, y se hizo.
Así, en ese momento”, cuenta el sonero, que siempre se precia de
colaborar con músicos ya sean de Malí, Camerún, Estados Unidos
o… “el madrileño”.

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12 julio, 2023