Florence & The Machine embruja Mad Cool 2026

Después de una primera jornada dominada por el rock en sus diversos disfraces, tocaba cambio de tercio en Mad Cool. El que marcaba con su pop electrónico y sentimental, a las ocho y media de la tarde, la neozelandesa Lorde. Vestida con ropa deportiva y las orejas maquilladas de brillantina como una elfa, la menuda superestrella desgranó sus éxitos apostando, claro, al melodrama. Su concierto, lastrado por la falta de sonorización (o potencia) vocal, conmovió a sus fieles sin avasallar a los profanos. También es posible que nuestros tímpanos estuvieran anestesiados tras la bestial sucesión de cañonazos de Foo Fighters apenas unas horas antes. Menos mal que Florence Welch no iba a permitir que nos fuéramos sin temblar. Suyo fue todo el poderío y la presencia de la segunda jornada de Mad Cool, que se cerró con lleno absoluto: 57.000 espectadores.

El embrujo de la británica ya lo hemos experimentado antes en Mad Cool. Fue en 2022 cuando la hechicera pelirroja desbordó el cáliz de la belleza vestida de color burdeos. Anoche apareció con un vestido de gasas negras para cantar “Everybody Scream”. Acompañada de bailarinas que parecían campesinas (faldas largas y blancas, camiseta negra), fieles seguidoras de su hechicera celta, Welch cantó “Shake It Out” como un sortilegio para expulsar los malos espíritus.

Si era la jornada de la teatralidad y los sentimientos, Welch dio una lección. Y de cantar, ni hablamos. Descalza, como es su costumbre, alzaba los brazos como si fuera a bendecirnos o a leernos el futuro. Convocó incluso a un “Spectrum”: “say my name”, retaba a los espíritus, si es que tenían el coraje de materializarse. Y tras cada exhibición de poder telúrico, Welch saludaba con dulzura e incluso temible languidez, como solo hacen quienes tienen poderes sobrenaturales y pretenden ocultarlos. “¿Alguien querría hacer una ofrenda? ¿Ser una ofrenda? Bueno, para eso tendréis que subir a los hombros de alguien”. Y empezó a contar las personas que se encaramaban a sus monturas humanas para “An Offering” y, luego, “You’ve Got To Love”. Después llegaron “Hunger” y “King”. Cada tema, un conjuro, cada verso, un paso hacia su voluntad. Aunque el viento deslucía algo el sonido, “Howl” y “What Kind Of Men” nos arrastraban hacia las rocas. Su actuación en Madrid volvió a ser colosal.

Lorde, decíamos, se quedó corta de expresión y no era por falta de expectativa. El escenario principal estaba ocupado hasta donde alcanzaba la vista. Pero faltaba intensidad, volumen vocal. Su voz sonaba plana, queda. Lorde insistió en revolcarse por el suelo, cantar tumbada, derrotada o herida, pero por mucha mirada intensa que clavase en la cámara, por buena actitud y gesto dramático que desplegó, su mensaje quedaba seco. La escenografía era buena: bloques suspendidos con cadenas se elevaban y descendían mientras un modesto grupo de baile performaba la diversidad.

En una confusa intervención, la neozelandesa incluso realizó un alegato en contra de las gafas de sol. “No son sexys, sed reales, no las llevéis”, defendió para perplejidad general cuando el sol todavía abrasaba nucas. La sensación general fue decepcionante desde un punto de vista interpretativo: no es que sus canciones no sean válidas, que son excelentes, es que ayer transmitieron lo justo. Solo en el tramo final, con “Green Light” y “Girl, So Confusing”, pudo la neozelandesa arrebatar a una audiencia ya sugestionada para ello.

En la segunda jornada había cambiado el paisaje humano, por cierto. Los rockeros noventeros habían sido extinguidos por un meteorito en favor de una legióm inclusiva, diversa, orgullosamente LGTBIQ+ y un par de generaciones más joven. Se veían más colores, más diversidad, brillantina, maquillaje, abanicos arcoíris. Mad Cool se había transformado en 24 horas y había que ver a dónde nos llevaba. En el final de la actuación de Lorde se desplegó una inmensa pancarta con el lema “I Don’t belong to anyone” que fue trasladada por su público. Excelente lema, por cierto.

Que el día estaba tematizado a la perfección lo demostraron las carreras, casi la estampida general, hacia el segundo escenario, que se quedó pequeño, muy pequeño, para ver a Zara Larsson. Aguardaba, eso sí, una guardia pretoriana de seguidores custodiando las primeras posiciones durante una hora de reloj para la llegada de Jennie, la estrella coreana de Blackpink. Pero sigamos con Zara Larsson: la sueca, rubia como corresponde, tiene cadera dominicana y no paró de demostrarlo. Su energía era opuesta a la gravedad melodramática de su predecesora. Fiesta de barbies bailarinas, diversas en raza pero normativas en belleza. Resultaba imposible adentrarse en la marabunta multicolor que desbordaba los límites de su recinto.

Para los señores (¡y señoras, que había tantas o más!) aficionados a la guitarra, se abría una ventana inevitable, en castellano entre tanto exotismo, y costumbrista como La Paloma. La banda madrileña aparecía en una de las carpas (aire acondicionado on) para presentar su último trabajo, “Un golpe de suerte”. Y la expectación, con una larga cola a la entrada mayor que la del McDonald’s, generaba una perplejidad inusitada entre el público foráneo: “¿Paloma who…?”, preguntaban a los presentes. Con su rock directo y de estribillos redondos, el trío (anoche acompañados por Ade Martín al bajo) devolvían a la tierra, a casa, a los paisanos. “Es turbia la muerte, pero también es tela estar vivo”, dejaron flotando en el aire constatando que el concierto iba a ser demasiado corto. Aunque huyan de ello, aunque lo rechacen expresamente, son un grupo poderosamente generacional. “La edad que tengo”, “Bravo Murillo” y “Palos”, con las que se despidieron anoche, forman un tríptico imbatible como retrato de este milenio.

A lomos de una producción cinco estrellas terminaba Jennie su show digno del pop más reluciente y perfectamente producido que se pueda imaginar (diez bailarines y un montaje espectacular), así que quedaba un ínterin para ver pinchar a Boys Noize. El DJ alemán hacía sudar a la carpa con guiños nostálgicos e industriales pero, maldita sea, con una falta de volumen de sonido que desnaturalizaba la carpa de baile. ¿Existe mayor anatema que una sesión de techno sin vatios a cascoporro?


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Author: Ulises, Fuente

10 julio, 2026