María Esperanza García Martínez, María del Tango (Caniles, Granada, 1992), mezcla el flamenco hondo con músicas actuales, como la electrónica, y tras sus trabajos con El Calimbero («En el mismo reloj») y Jerónimo Maya («Juerga flamenca II») ha alumbrado su primer disco en solitario, «Entre dos mundos», un título cuyo parecido con el «Entre dos aguas» de Paco de Lucía no es casual, ya que el mejor guitarrista de flamenco de la historia es uno de sus «pilares básicos», junto a Enrique Morente y Camarón. Pero la lista de sus «maestro/as» es más larga: Las Grecas, la Perla de Cádiz, la Paquera de Jerez, Parrita, Niña Pastori... Y admira también a algunas flamencas de ahora, como Ángeles Toledano y María Terremoto. La artista de Granada habla de «fe, empoderamiento y flamenco». ¿Es un grito de guerra o de paz? «Siempre de paz –responde entre risas–. Pero también un poco desde la reivindicación, que eso no tiene por qué ser guerra. Se puede reivindicar desde la tranquilidad y la paz, claro que sí. Fe hacia la fuente creadora. ¿Dios? Llámalo como quieras. Empoderamiento por mi condición de mujer, efectivamente, y flamenco porque de ahí vengo, aunque coqueteo con otras músicas».
Cantaora y música desde la niñez, explica los motivos por los que hace ocho años tuvo que dejar su tierra e instalarse en Cádiz: «Yo soy nacida y criada en Caniles, en un pueblecillo de la sierra de Granada. En Granada capital solo he pasado tres años de mi existencia, que fue el tiempo que estuve cantando en las calles y en algunos tablaos. Lo de irme a Cádiz fue porque tenía la inquietud de saber qué se cocía allí, pero también porque en Granada se estaba ilegalizando lo de cantar en la calle, ya éramos demasiados músicos ambulantes. Entonces me fui a Cádiz y allí sí nos permitían hacerlo. Canté en la calle Pelota, en la calle Compañía, en la puerta de la Catedral… puro Cádiz. Yo lo pienso ahora y digo: qué valiente, María. Tú, que ni siquiera sabías cantar todavía por alegrías y te ponías ahí, en Cádiz, donde se han generado las alegrías… Sigo viviendo allí –prosigue–, pero mi Granada me está llamando, la noto. Me está diciendo: “María, te quiero aquí porque quiero que derrames todo lo que has aprendido en Cádiz”. Me siento muy granaína, no se me ha quitado nada de mi Granada. Y desde que no estoy allí, la valoro más todavía. Si la vivienda me lo permite, porque está la cosa increíblemente difícil, y encuentro un alquiler bonito en mi Granada capital, allí que me voy». Porque ese problema, el de la vivienda, la mayor preocupación de la juventud, parece, le digo, no ir con los políticos, pese a sus muchas promesas al respecto: «Exactamente –responde–. Ellos no están para eso hoy día, están para sí mismos y se están cargando el mundo entero». En puridad, ¿los políticos son un lado y nosotros el otro? «Totalmente, ahí lo has dicho. Creo que ellos, los políticos, son la oscuridad, fíjate lo que te digo, y nosotros, la luz. Lo que nos dejan ser de luz, porque cada vez nos están apagando más. Aun así, con más luz tenemos que brillar».
Debido a sus circunstancias familiares, María tuvo que ponerse a trabajar muy joven: «Empecé a trabajar en el campo con 16 años –relata–. Lo primero que hice fue irme a Francia a recoger fresa. Pero también he sido dependienta en tiendas y camarera. Tuve que salir a trabajar pronto porque no quedaba otra en casa y porque tampoco había muchas salidas en el pueblo. Yo los estudios no los desarrollé, no era mi metodología. El instituto lo hice, pero el bachiller no hubo manera. No llevaba una buena base para el bachiller, y mi cerebro y mi ser no estaban para meterse a estudiar eso. Tampoco las cosas en mi casa estaban fáciles como para que yo pudiera estudiar: necesitaba dinero para comprar libros y no lo había. Mis padres, separados; un caos en casa, hija única… Me tuve que ir a trabajar y me olvidé de los estudios. Aunque luego hice el grado medio de administración de empresas, me saqué mi título. Y me quedé con mi madre toda mi vida –prosigue–, pero mi padre siempre está ahí, tengo una relación maravillosa con los dos. Y gracias al orgullo que sienten por mí, su vida está siendo también más fácil y alegre. El ver cómo su hija está cumpliendo tantos sueños, trabajando en lo que quiere, independiente, hace que se les olviden las penas y sus traumas de si no lo han hecho bien. Mi padre incluso llegó a decirme: “Hija mía, creo que lo único bueno que he hecho es traerte a ti, esa es mi salvación”. Él se llama Juan Miguel García Moreno –dice con orgullo–. Y mi madre, María Esperanza Martínez Molina».
Además de cantante, María del Tango es multiinstrumentista: «Toco el clarinete. Empecé a los nueve años en la banda municipal, era el clarinete principal. Lo elegí sin ni siquiera saber cómo sonaba. Lo vi y dije: ese es mi instrumento. Y desde entonces me pegaba cinco horas todos los días. Y lo sigo tocando, es un aliado maravilloso. Me hace tirarme al barro más que mi propia voz. Todavía no lo uso en mis espectáculos porque es un instrumento muy complicado, la afinación es muy difícil y quiero hacer las cosas bien. Pero sí lo quiero meter poco a poco porque, sin su clarinete, María no es María –ríe–. La guitarra la toco para ayudarme un poco a componer; cuatro acordes y cuatro temas que me sé. Y llevo tocando el piano desde la pandemia. Lo toco todos los días, de forma autodidacta. Tengo una base: el solfeo lo leo, y el piano lo estoy estudiando con una aplicación. Y para estudiar el cante tengo otra aplicación y elijo el guitarrista que quiero: le quito la voz al cantaor y estudio encima de la guitarra. O sea, hoy día mi guitarrista favorito lo tengo aquí, en mi móvil, porque puedo estudiar sin tener que estar llamando a un guitarrista para que venga a casa y así no tengo que pagarle el día de ensayo». Y pese a componer todas las canciones que canta, introduce un matiz: «No me considero compositora como tal. Escribo mis letras por la mera necesidad de echarlas de alguna manera por mi boca, vaciarme, pero me considero más intérprete. Sí tengo la suerte de poder hacer la música que quiero, porque es lo que me estoy trabajando, mi libertad como artista. Mis letras hablan de mi vida y de lo que veo en los demás, de lo que no entiendo, de lo que me parece que hay que mejorar… Son letras muy honestas. No sé hacerlo de otra manera y seguiré escribiendo lo que me sale del alma y poniéndole voz», concluye.
Javier Menéndez Flores
Canta María y su voz se nos sube a la cabeza como champán en vena. Canta María igual que una navaja hambrienta y el arte telúrico del Sacromonte se nos cuela por grietas que desconocíamos tener y nos sacude fuerte las tripas. Porque a María se le caen las palabras de la boca como si fuesen algo sólido y punzante, pues lleva tanta calle encima que nada de lo que dice es banal ni está de más. Y asegura vivir entre dos mundos, en medio de dos frecuencias, como la aguja indecisa de un dial. Con los pies clavados en la tierra y media cabeza en las nubes, allá donde se encuentra el norte de los artistas. Y si tiene que ponerles nombre a esos lugares no duda en pronunciar, con un latigazo de énfasis, Cádiz y Granada.
En Plaza Nueva, aquella banda de locos hacía bailar hasta a las piedras. Los guiris y los nativos flipaban con ese conjunto marciano, mitad jipi, mitad punki, al que solo le faltaba el oso acróbata. Una niña golpeando un cajón. Un gitano profundo, que bien podría tener cincuenta o quinientos años, estrujando una guitarra. Un tipo con rastas cantando piezas conocidas por todos o directamente ignotas. Y aquella chiquilla que pegaba berridos y aprendía a descifrar lo que encerraba cada gesto de cada espectador ocasional, era la que se encargaba de llevar a los bares la canasta de mimbre con el botín en monedas, que nunca bajaba de los cien pavos, para cambiarlas por hermosos billetes que se repartían a partes iguales y rara vez sobrevivían a la mañana siguiente. La felicidad total se parece enormemente a aquellos días en los que María era un águila que jamás aparcaba la risa.
Llegó después el Cádiz profundo, donde las cosas se mantuvieron más o menos igual. Pero si había que recoger fresas en Francia o poner copas en algún garito entre tinieblas o despachar en una tienda con una sonrisa que nunca bajaba los brazos, te entregabas a la causa sin pensarlo porque ni la pereza ni el desánimo están en tu ADN. Y las juergas en Madrid, tras los bolos en Casa Patas con el gigante Jerónimo, o en los tablaos con espinas de Barcelona, tenían mucho de místico. Recuerdas muy bien cómo empezaban esas noches, pero has olvidado por completo cómo acabaron.
Si cierras los ojos vas a ver una sillita en la puerta de una casa de pueblo, frente a un olivo, mientras las ovejas pasan y los paisanos se intercambian los buenos días y las buenas tardes. Y el olor a tierra mojada era tan intenso que te colocaba un poco. No has vuelto a encontrarte paraíso semejante, y por eso lo cantas cada vez que puedes. O lo anotas en servilletas urgentes, en cualquier bar de paso, para que no desaparezca jamás. Y en tus dos mundos hay soleás de la orilla de enfrente y tierras santas y una estrella por la que caminas mientras le echas tantísimo de menos. Porque en el flamenco puede haber la misma poesía que en las obras completas de Neruda.
Te sabes hasta la última coma del «Omega» de don Enrique y te has quedado mil veces dormida en «La calle de los lunares», arrullada por el embrujo de un tal José Monje Cruz. Hay que ver qué maravillas salieron de la cabeza de Juan Antonio Salazar, Virgen santa. Puede que solo lo igualase Parrita, que escribía como nadie de los celos, de las infidelidades, del mismo Dios. Y en esas letras hay tantos pedazos de ti, María, que te da miedo el solo hecho de pensarlo.
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Author: Javier Menéndez Flores
19 octubre, 2026