Shostakovich y Dudamel, asedio y promesa cumplida

La partitura de la Séptima sinfonía de Shostakóvich tiene la tinta aún húmeda. Cuando la Wehrmacht cerró el cerco sobre Leningrado en septiembre de 1941, el compositor ya llevaba semanas trabajando en ella. Se apuntó como bombero voluntario en el Conservatorio, y una fotografía suya con el casco puesto acabó en la portada de Time. Fue todo un icono propagandístico. Terminó la obra en Kuibyshev, adonde fue evacuado, y allí se estrenó en marzo de 1942. Meses después, la partitura viajó en microfilm hasta Occidente, y Toscanini y Koussevitzky se la disputaron. Pero el estreno que cuenta es otro: el de agosto de ese año en la ciudad sitiada, con Karl Eliasberg al frente de una orquesta diezmada por el hambre. Hubo que buscar atriles entre soldados del frente, y algunos músicos se desmayaban en los ensayos. Los altavoces apuntaron hacia las líneas alemanas. Pocas veces la música ha sido un arma tan literal.

Durante décadas se discutió si aquel famoso tema de la invasión, esa especie de bolero machacón que crece hasta casi lo insoportable, retrataba a Hitler o también a Stalin. Bartók se burló de él en su Concierto para orquesta, y no pocos colegas de oficio han tachado la obra de grandilocuente, pero en su desmesura está precisamente su verdad. Más de ochenta minutos que no admiten medias tintas ni orquestas tibias, aunque Dudamel los aligerase.

Lo de esta gira tenía algo de odisea. La Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela debía haber llegado en diciembre de 2025, pero las restricciones al tráfico aéreo lo impidieron. Se fijaron nuevas fechas para el verano, y los terremotos que sacudieron el país, que dañaron hasta el aeropuerto internacional, obligaron a aplazar otra vez. Dudamel dijo entonces que los chicos tenían algo más urgente que hacer: ayudar a los suyos.

La orquesta es itinerante y se renueva sin cesar, con músicos de catorce a diecinueve años. Es la cantera de El Sistema que José Antonio Abreu puso en marcha en 1975 y que ahora cumple medio siglo. De ahí salió el propio Dudamel, hoy titular de la Filarmónica de Nueva York tras su larga etapa en Los Ángeles. Podemos aún recordar aquellos años en que la Simón Bolívar irrumpía en los festivales con sus chaquetas tricolores y el Mambo de Bernstein como propina obligada. Era una fiesta, pero en Nueva York ya se le reprochaba a aquella orquesta cierta falta de densidad en la cuerda y unos metales con tendencia al estruendo. Siempre resulta expuesto estar en primera división siendo joven.

El Auditorio Nacional se llenó y el aplauso empezó antes de la primera nota, en cuanto el director asomó al escenario. Dudamel tomó luego la palabra para ofrecer la velada a las víctimas de los seísmos venezolanos y a las del reciente accidente ferroviario de Toledo. No fue un gesto menor ante esta sinfonía, que es en el fondo un largo réquiem por los vivos y por los muertos. Después se hizo ese silencio denso que solo se da cuando el público intuye que va a pasar algo.

Y pasó. Sobre el escenario había diez contrabajos, ocho trompetas, ocho trompas, una cuerda con setenta atriles… más de 100 en el escenario, nada menos. Con semejante despliegue cabía temer una avalancha de decibelios, y no la hubo. Dudamel construyó un sonido apretado y coherente, con cada familia en su sitio y las capas bien separadas, sin que la masa engullera los detalles. Dirigió de memoria, con un dominio de la obra que no siempre le hemos visto, y con una gestualidad que esta vez estuvo al servicio de la música y no del espectáculo.

Fue una lectura rápida. El gran crescendo del primer movimiento, ese que tantas versiones convierten en un simple ejercicio de volumen, estuvo dosificado con cabeza. La tensión subió peldaño a peldaño, con un punto teatral que nunca rozó la caricatura. Igual de importante fue lo contrario: los remansos donde la cuerda se repliega y las maderas cantan casi a solas, que sonaron con una fragilidad muy bien entendida. El Adagio se abrió con un ataque luminoso, y aquí está la noticia respecto a lo que podíamos recordar de estas formaciones: los violines sonaron afinados y empastados como los de una orquesta profesional de primer orden. La flauta firmó un solo de altura, y en el Allegro final los contrabajos justificaron su abultada presencia. La coda llegó con metales y percusión implacables pero exactos. Dudamel retuvo el último acorde en el aire unos segundos más de lo previsible, como quien se resiste a soltar algo valioso. Luego, la sala en pie. Mucho mejor que su reciente Mahler con New York.

Hubo propina, y no podía ser otra que de casa: la Fuga con pajarillo de Aldemaro Romero, ese juego en el que Bach se va de parranda a los llanos venezolanos que nos llegó con cuatro solistas alternándose con la orquesta. Tras ochenta minutos de asedio, fue como abrir una ventana para la mayoría del público aunque, la verdad, estaban fuera de sentido sus muchos minutos tan reiterativos como las doce veces que suena el tema machacón de la Leningrado.

¿Reparos? Uno siempre puede preferir una Leningrado más ácida, con ese poso de sarcasmo que Shostakóvich escondía bajo la épica oficial. No en vano, recordémoslo, cita, si bien deformada, el aria “Da geh’ ich zu Maxim” de La viuda alegre de Lehár, supuestamente una de las operetas favoritas de Hitler. La de Dudamel es una lectura de luz más que de sombra, de resistencia más que de duelo. Pero sería mezquino pedirle a un ejército de adolescentes que toquen como veteranos desengañados. Lo suyo es la convicción, y la tienen a raudales.

Al salir pensé en Eliasberg buscando músicos entre los escombros de una ciudad hambrienta. Ochenta y cuatro años después, otros jóvenes que también saben de catástrofes y de esperas cruzaban un océano para tocar la misma partitura. La música no detiene los terremotos ni levanta asedios, pero hay noches en que lo parece.


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Author: Gonzalo, Alonso

7 noviembre, 2026