El Movistar Arena de Madrid estallaba en una estruendosa ovación. Con apenas una guitarra acústica y sin levantarse de su asiento, Silvio se agigantó. La altura se la daban las palabras. Las de “Historia de una silla”, que arrancó su recital sin apenas prolegómenos. “El que tenga una canción tendrá tormenta”, recitaba por embrujo. A sus venerables 79 años, gorra inamovible con el lema de “Aprendiz” taquigrafiado, Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, Cuba, 1946) acalló a un pabellón abarrotado (con todas las entradas vendidas) porque, bueno, quizá no mueva la cadera como Shakira, pero este señor sabe escribir de muerte.
Silvio citó a José Martí, el apóstol de la independencia de Cuba y citó sus palabras como introducción “hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria”. Era el prolegómeno, claro, de “Ala de colibrí”, ya acompañado de su banda, un sexteto de precisión suiza como solo se acompasa en el Caribe. Porque, sin faltar, no pongan a un helvético a tocar sones de vieja trova. Pero presentémosles como conviene, porque el elenco incluye a su mujer Niurka (flauta y clarinete) y su hija Malva (coros, teclados). También Jorge Aragón (piano), Rachid López (guitarra), Maykel Elizarde (tres), Jorge Reyes (contrabajo), Emilio Vega (vibráfono) y Oliver Valdés (batería/percusión). “Hoy me propongo fundar un partido de sueños”, cantó convocando a una asamblea de flores marchitas que recuperaban sus perfumes con los minutos.
Como recitando un salmo, un grave y solemne coro recitaba los versos de “Sueño con serpientes”, pero sin imponerse, sin disputarle al maestro el liderazgo. El pabellón deportivo se asemejaba a una cripta de culto a la poesía, de reverencia a un tiempo que vuelve con la terca insistencia de los hechos más lóbregos. El venerable cantautor anticipó “Virgen de occidente”, canción de su nuevo disco, parte de su nuevo disco, titulado “Viene la cosa”. La cosa es como se le llama en Cuba a la política, tema perenne, tediosamente inmarcesible. Ese asunto que, demonios, ya va siendo hora de resolverse a través de la soberanía popular. El Aprendiz de Brujo regaló otro tema que comparte título con su nuevo álbum y que también ha sido escrita en su isla natal. “Viene una cosa que solo la sinceridad destroza”, dijo como aviso a navegantes sobre el futuro.
Silvio recordó al rey carpintero (un pájaro endémico de Cuba) y a los corales en peligro de extinción. “Hay otras cosas que nos amenazan de muy distinto tipo. Escribí esta canción el día que un nieto mío emigró”, dijo para presentar “Nuestro después”, un tema que mira a los acertijos del futuro o del presente: “Se rompen las ciudades / Se funden los reflejos / Cuando eres dos mitades / Comprendes los espejos”. “Esta canción está dedicada a Pepe Mujica e incluye algunas cosas que tuve el privilegio de escucharle decir”, dijo en referencia al ex presidente uruguayo, fallecido en 2025. Se llamaba “Más porvenir”. Solo en el escenario, Silvio despertó los inevitables coros de “A dónde van”, seguida de la eterna “La belleza”.
“Quién fuera” devolvía al pabellón los ecos de una asamblea o de una tarde perdida en la memoria pero rescatada de súbito, como solo la música popular puede traer del subsuelo una postal. “Escaramujo” dejaba la provocación: “si saber es un derecho, seguro será un izquierdo”. Los vivas a Cuba precedieron a “Pequeña serenata diurna”. Sin levantar el puño, quedaban más asuntos políticos: “Canción del elegido” está dedicada “a un joven que murió defendiendo la libertad de mi país, Abel Santamaría”. “Iba matando canallas con su cañón del futuro”, recitaba como lema hermano del que pintaba en su guitarra Woody Guthrie.
Silvio abordó también la cuestión palestina antes de colocarse sobre los hombros una kufiya. Citó al poeta Luis Rogelio Nogueras, que escribió el poema “Halt!” en Cracovia en 1976, donde visitó Auschwitz. “La artillería israelí sigue cañoneando campamentos de refugiados palestinos en el sur del Líbano”, denunció. “El necio”, que no es otra cosa que una canción de combate, una llamada a la acción que levantó al público de sus asientos. Sus canciones son tanto de revolución como de existencia, porque Silvio es comandante los ratos que deja de ser poeta. De hecho, fue noticia el pasado marzo, cuando recibió de manos del ministro de las Fuerzas Armadas de Cuba, Álvaro López Miera, el fusil Kaláshnikov que exigió en su blog para defender la isla si era atacada por los Estados Unidos.
Quedaban, para terminar, tras dos bises, “Te doy una canción”, “Venga la esperanza”, “Por quien merece amor” y el coro masivo final con “Ojalá”. Cuando todo el mundo esperaba “Unicornio azul”, el cubano se mostró esquivo y entregó “Reparador de sueños” y “Óleo de mujer con sobrero”. Habían sido más de dos horas de magisterio del alma. Y de lucha.
Ir a la fuente
Author: Ulises, Fuente
5 octubre, 2026